La gente sigue siendo puerca

Según el doctor Guillermo Sequera, director de Vigilancia Sanitaria del Ministerio de Salud Pública, el promedio de las notificaciones semanales de probables casos de dengue ya estaría por superar la cifra de 2.200. Si ello ocurriera, el ministro Julio Mazzoleni tomaría la decisión “político-administrativa” de declarar la emergencia sanitaria. Se ignora la estrategia a ser aplicada, aunque una ya larga experiencia sugiere que la más atinada sería concienciar a la población sobre la necesidad de hacer lo que no se hizo antes, esto es, eliminar los criaderos del mosquito transmisor de la enfermedad. Pero a estas alturas, dicha labor ya debería ser emprendida sin ninguna campaña, pues desde hace varios años se viene insistiendo en lo mismo, sin que se observe un resultado apreciable a la vista: la gente sigue siendo puerca, le gusta realizar sus actividades en medio de la suciedad, ya que no limpia su entorno, pese a la grave amenaza que implican el dengue, el zika y la chikunguña, transmitidos por el mosquito Aedes aegypti, que se siente a gusto y se procrea en lugares como los referidos.

Según el Dr. Guillermo Sequera, director de Vigilancia Sanitaria del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social (MSPyBS), el promedio de las notificaciones semanales de probables casos de dengue ya estaría por superar la cifra de 2.200. Si ello ocurriera, el ministro Julio Mazzoleni tomaría la decisión “político-administrativa” de declarar la emergencia sanitaria. Por de pronto, el presidente de la República, Mario Abdo Benítez, ya estaría tan preocupado que se reunió con el citado ministro y con sus colegas de la Secretaría de Emergencia Nacional, Joaquín Roa, y del Ministerio del Interior, Euclides Acevedo, para planificar las “estrategias” adecuadas en tal contingencia. Los concejales de la Gobernación del Departamento Central están aún más alarmados, tanto que en una sesión extraordinaria declararon a todo el territorio en estado de emergencia sanitaria, durante 90 días. Se ignora cuál sería aquí la estrategia a ser aplicada, aunque una ya larga experiencia sugiere que la más atinada sería concienciar a la población sobre la necesidad de hacer lo que no se hizo antes, esto es, eliminar los criaderos del mosquito transmisor de la enfermedad. Pero a estas alturas, dicha labor ya debería ser emprendida sin ninguna campaña, pues desde hace varios años se viene insistiendo en lo mismo, sin que se observe un resultado apreciable a la vista: la gente sigue siendo puerca, le gusta realizar sus actividades en medio de la suciedad, ya que no limpia su entorno, pese a la grave amenaza que implican el dengue, el zika y la chikunguña, transmitidos por el mosquito Aedes aegypti, que se siente a gusto y se procrea en lugares como los referidos.

Precisamente, si el dengue ya se ha vuelto endémico es por la falta de limpieza en los hogares, en los baldíos e incluso en los hospitales públicos, como el del barrio capitalino de San Pablo, donde cada semana se registran al menos 100 casos probables de ese mal: anteayer se constató que en su patio trasero había guantes, bolsas con sangre y tapabocas desechados, mientras que su estacionamiento estaba lleno de malezas, aguas servidas y basura, es decir, las condiciones para la multiplicación del mosquito eran óptimas. Por tanto, las campañas de educación sanitaria que suele lanzar el MSPyBS deberían ser dirigidas, en primer lugar, a sus propios funcionarios, porque la higiene empieza por casa y porque si ellos conviven con la suciedad, mal podrían convencer a la gente de que si se comportara así, correría el riesgo de contraer el dengue.

Estas cuestiones de sentido común ya deberían ser obvias, pero parece que aún es preciso insistir en que tienen mucho que ver con la salubridad. Por eso, el arzobispo de Asunción, Edmundo Valenzuela, hizo bien en instar a los clérigos y a la feligresía a cooperar en la lucha contra el dengue, eliminando los criaderos del mosquito. Más aún, exhortó a que se realicen “mingas ambientales” para al menos frenar la propagación del mal ya desatado, como todos los años, debido a la indolencia generalizada.

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Hay personas tan insensatas que ni siquiera permiten que fumigadores del Servicio Nacional de Erradicación del Paludismo (Senepa) ingresen en sus casas para limpiarlas en su propio beneficio y en el de sus vecinos, ya que los mosquitos no permanecen en un sitio. Es lo que acaba de ocurrir en Filadelfia, aunque el Consejo de Salud local haya declarado el municipio en estado de emergencia sanitaria. Debe insistirse en que las medidas que se adopten en tal situación deben aplicarse durante todo el año. Claro que las entidades públicas tienen mucho que hacer en la materia, pero lo más importante –impedir la multiplicación del insecto transmisor– está de entrada en manos de las potenciales víctimas. Duele decirlo, pero esta sociedad está habituada a esperarlo todo de las autoridades, como si fueran muy eficientes y honestas. Si no conviene cobijarse bajo el paternalismo estatal es también porque el primer responsable de la propia salud es uno mismo. La sanidad concierne a toda la población y no solo al MSPyBS, las gobernaciones o las municipalidades. La gente tiene derecho a quejarse de que no haya remedios en los hospitales o en los centros de salud y de que, además, sea mal atendida, pero ya debería saber que el dengue es, fundamentalmente, el resultado de un desaseo colectivo.

Si los párrocos podrían lograr que la gente limpie su comunidad, según dijo el arzobispo, los docentes deberían inculcar a los alumnos ciertos hábitos de higiene para que actúen como multiplicadores, empezando por sus respectivas familias. Hay que tratar de desarraigar la desidia, para lo cual también es imperioso que las leyes y las ordenanzas tengan vigencia efectiva. Si las municipalidades multaran, una y otra vez, a quienes permiten que sus lotes se conviertan en vertederos, es probable que en poco tiempo esos infractores adquieran la sana costumbre de limpiarlos. La sistemática aplicación de las normativas en vigor puede inducirles al comportamiento que corresponde, sin que haya necesidad de que sean controlados las veinticuatro horas del día. En otros términos, hay que sancionar a los desaprensivos que atentan contra la salud de todos.

Vale la pena recalcar: el cuidado preventivo de la salud pública depende, sobre todo, de las personas que aprecian su propia vida y la de los demás. Que los organismos estatales hagan lo suyo, pero la comunidad toda debe ocuparse de impedir que se generen las condiciones propicias para que el dengue reaparezca con fuerza.

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