Justicia poderosa con los débiles y enclenque con los poderosos

El problema no son los pomelos. El problema es la Justicia, o mejor dicho, la falta de ella garantizada en calidad, acceso, gratuidad e igualdad para todos los ciudadanos del Paraguay. El derecho a la justicia que tiene un jefe de familia de protegerse para que no ingresen a su casa una y otra vez a robarle; el derecho que tiene un sospechado de hurtar pomelos a que el castigo sea proporcional al delito que se le atribuye. El derecho constitucional que tiene todo el pueblo paraguayo a recibir justicia pronta, de calidad y barata. El problema surge cuando vemos que esa justicia nunca alcanza a muchos que merecen cárcel por sus latrocinios. El hartazgo se ha reflejado en los últimos días al mediatizarse el caso de los pomelos, que ha despertado la comprensible ira hasta de quienes habitualmente permanecen indolentes ante los saqueos. El hartazgo ante una Justicia poderosa con los débiles y enclenque con los poderosos.

El problema no son los pomelos. El problema es la justicia, o mejor dicho, la falta de ella garantizada en calidad, acceso, gratuidad e igualdad para todos los ciudadanos del Paraguay. El derecho a la justicia que tiene un jefe de familia de protegerse para que no ingresen a su casa una y otra vez a robarle; el derecho que tiene un sospechado de hurtar pomelos a que el castigo sea proporcional al delito que se le atribuye. El derecho constitucional que tiene todo el pueblo paraguayo a recibir justicia pronta, de calidad y barata.

El problema surge cuando vemos que esa justicia NUNCA alcanza a MUCHOS que merecen cárcel por sus latrocinios. El hartazgo se ha reflejado en los últimos días al mediatizarse el caso de los pomelos, que ha despertado la comprensible ira hasta de quienes habitualmente permanecen indolentes ante los saqueos. Y es que mientras la mayoría dedica tiempo y sacrificio para producir, pagar impuestos, apostar a la decencia y al trabajo, muchos delincuentes se siguen quedando con el dinero de todos.

En casi la mayoría de las veces, la Justicia no solo no ha dimensionado el bandidaje y a los bandidos, sino que, muchas veces, los dejó ir luego de darles una palmadita en la espalda. José María Ibáñez se fue tranquilo dejando tras suyo una decena de cajones de leche y un transformador; Perlita Paredes se fue después de devolver el dinero que cobraba en concepto de cinco sueldos del Estado. El diputado Carlos Portillo (PLRA), al verse sorprendido, devolvió el dinero de un viaje que nunca hizo, y sigue tan campante. La famosa “niñera de oro” Gabriela Quintana devolvió el dinero que cobró indebidamente en Itaipú y evitó la cárcel.

Este puñadito miserablemente patético conforma, a pesar de todo, una excepción desvergonzada. Están otros con los cuales la Justicia es aún más generosa o tolerante, comparando con el caso de los pomelos. Con el clan Zacarías Irún, por ejemplo, la Justicia no ha sido ni expedita ni ejemplar. A Javier Zacarías Irún (ANR, cartista) y a Sandra McLeod les va mejor: el primero continúa como senador y sigue cobrando plata del Estado; Justo Zacarías Irún (ANR, cartista), exgobernador, representa como diputado al Alto Paraná y tiene la suerte de hacerlo en compañía de su cónyuge Rocío Abed (ANR, cartista). Todo este clan ha obtenido unos tremendos privilegios de la Justicia; hay jueces, como Marino Méndez, que durante el día juzgaban sus casos y por las noches se reunían con ellos a farrear a la vista de todo el mundo. Si vergüenza no les daba el amancebamiento, mucho menos la tenía el juez Méndez que vivía en un dúplex del mismo clan.

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Lo increíble del caso es que, en su torre de marfil, a quienes están al frente del país apenas les resbalan las denuncias y las críticas fundadas, tanto de la prensa como del “común” en las redes sociales. El presidente de la República, Mario Abdo Benítez, las califica de “morbo”, sin darles mayor relevancia. Son tan poco afectos a la autocrítica que no se dan cuenta de que están pariendo la rebelión de los mansos. Es el hartazgo ante una Justicia poderosa con los débiles y enclenque con los poderosos; una que alcanza severa e implacablemente a quienes hurtan garrafas y pomelos, pero es esquiva y resbaladiza con políticos y autoridades que engullen el dinero público.

El Poder Judicial y el Ministerio Público han permitido en muchos casos que los cascotes caigan sin contemplaciones sobre el ciudadano de a pie, pero eludan con éxito total a los delincuentes de traje. Ante este escenario, nadie debiera sorprenderse que en medio de una pandemia, endeudados, robados, con miedo a la enfermedad y a la muerte, los ciudadanos empiecen a rebelarse con lo que tienen por ahora al alcance: el estallido en las redes sociales.

Estamos en presencia de una putrefacción moral y una impunidad judicial que ha nacido al amparo de la dictadura y que nunca se fue durante la democracia; es una que se ha ido perfeccionando, y mata la educación, la salud, las rutas, los puentes, en fin, la vida digna. Si ya veníamos con la corruptela de sospechados de enriquecimientos ilícitos que nunca fueron castigados como se esperaba, en plena pandemia hemos ido sumando licitaciones amañadas, contrataciones direccionadas e intentos de estafa con suministros médicos. Y a todo lo anterior, desde hace dos semanas se agregaron las confesiones de las mismísimas autoridades y funcionarios públicos sobre sus negocios oscuros, manejos turbios y una ambición tan desmedida que varios lo dejaron por escrito en sus declaraciones juradas. Los documentos presentados por hombres y mujeres a sueldo con el dinero de todos confirmarían la comisión de serios delitos perpetrados contra las arcas públicas. La malversación de fondos terminó como un pulpo con tentáculos como el enriquecimiento ilícito, lavado de dinero y evasión impositiva.

Con tanta impunidad reinante, es comprensible la indignación colectiva ante el envidiable poder que tuvieron los famosos cítricos para mover el engranaje de nuestra usualmente abúlica justicia. Ahora solo falta que fiscales y jueces tengan el coraje de mirar más arriba de las frutas, allá en lo alto del árbol donde anida la gavilla que ha estado esquilmando las arcas públicas.

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