Se escucha frecuentemente que el Congreso, y en particular la Cámara de Diputados, es un circo, en alusión a que en ese poder del Estado puede pasar cualquier cosa, sin importar lo que manden la Constitución y las leyes.
Más allá de esta apreciación, bastante real, pues los hechos muestran que a los integrantes del Congreso lo que menos les importa es respetar la Constitución, es interesante hacer un paralelismo entre un circo y la Cámara de Diputados.
El circo, como cualquier empresa, tiene un dueño, quien como tal, decide cómo será el espectáculo, qué números artísticos se presentarán y quiénes participarán. En todo circo hay un maestro de ceremonias, que tiene a su cargo la dirección del espectáculo. Luego vienen los artistas que desarrollan los actos, entre los que hay protagonistas y actores de reparto. La diferencia entre ambos está en que los primeros ejecutan la parte principal de los números, y los de reparto son accesorios, con poca o nula trascendencia. Finalmente está el público que asiste al circo, de manera presencial o virtual.
No se necesita mucha imaginación para darse cuenta de la similitud existente entre nuestro Congreso y un circo. Lo ocurrido en la última sesión de la Cámara de Diputados es un buen ejemplo de ello. El maestro de ceremonias parece ser el presidente de la Cámara, quien dirige la sesión, de acuerdo siempre a lo que le indique el dueño. Los actores principales del triste espectáculo –en nuestro caso– son quienes conformaron la mayoría actual, integrada por colorados y liberales, y responden estrictamente a lo que esté previamente definido por el dueño del circo y les sea indicado por el maestro de ceremonias. A este grupo no le importa violar cualquier norma o derecho, o el interés de la sociedad si eso es necesario para cumplir la voluntad del dueño, ya que de eso depende que mantenga su trabajo.
El grupo de actores secundarios está integrado por diferentes sectores de la oposición. Esa oposición, que al problema de tener enfrente a un bloque cerrado y obediente, hay que agregarle uno más importante: su falta total de comprensión de la realidad. Cada uno de ellos, de manera aislada, quiere ganar protagonismo con discursos pero con pocas acciones inteligentes. Su ego les impide lograr un frente serio con estrategias que puedan anular los atropellos del grupo mayoritario, lo que se vio en la sesión que derivó en la suspensión de la diputada Celeste Amarilla.
Tampoco se percatan los integrantes de la oposición, que están perdiendo el apoyo de la ciudadanía honesta, que observa el patético espectáculo circense, hastiada de las rencillas y peleas por intereses sectarios de ambos bandos, que no se ocupan de los problemas de la gente común. Los parlamentarios alardean de los votos que los llevaron donde están, pero nada hacen para honrar esa confianza.
El Partido Colorado, como es costumbre en nuestra historia política, ha firmado un pacto “cicatrizante” hace meses, con el abrazo entre Marito y Cartes, y está ejecutando cada uno de los puntos de su proyecto. La aberrante sanción a la diputada Celeste Amarilla por haber dicho que la gran mayoría llega a sus bancas con dinero sucio es apenas un estirón de orejas del dueño del circo, ejecutado por los actores principales. Es para dejar en claro que ellos mandan y que se hará lo que diga el dueño y en el momento en que él lo decida. Y esta posición y actuación autoritaria no es nueva de parte de los sectores antidemocráticos de la ANR, solo ratifica su visión política de cómo debe funcionar la sociedad, es decir, como un elemento a su servicio.
Los integrantes del elenco circense no están solo en el Congreso, algunos son convencionales de la ANR, quienes alquilaron su partido para que “el dueño” sea el candidato de la “gloriosa” asociación; también en el TSJE para llenar de planilleros ese elefante blanco. Y cómo olvidar a los saltimbanquis de ambas Cámaras del Congreso que se reunieron cual forajidos en una piecita del Frente Guasu para aprobar una enmienda constitucional que culminó con la muerte de un joven, cuando la Policía atropelló la sede del PLRA y lo mató por la espalda. De manera que los frondosos y sangrientos antecedentes del dueño del circo y sus bufones vienen de mucho tiempo atrás.
La oposición, por su parte, sigue deambulando como zombi, sin comprender su rol, sin estrategia ni plan que genere simpatía en la población paraguaya, ya que esta no se siente representada. Sus líderes, políticos sin carácter ni carisma, actúan motivados por su propia sobrevivencia, sin pensar en un proyecto inclusivo, que tenga posibilidad de frenar el avance autoritario del grupo abdo-cartista.
Los atropellos a la Constitución desde el mismo Parlamento no podrán ser frenados con improvisaciones y sin apoyo ciudadano. Los enemigos de la democracia están muy bien organizados, sus bufones son obedientes y están bien pagados. Siempre ha sido el pueblo el freno a este tipo de proyectos de copamiento del poder. La oposición debe entender esta realidad y despertarse de su aletargada siesta.
Con respecto al dueño del circo, no es necesario nombrarlo, es muy obvio de quién se trata.