En una Carta al Pueblo Paraguayo, leída el pasado 8 de diciembre en la misa central en honor a la Virgen de Caacupé, el obispo diocesano monseñor Ricardo Valenzuela sostuvo que este país necesita “líderes lúcidos, bien formados, con espíritu de servicio, mente amplia, honestos y verdaderamente patriotas; en otras palabras, hombres nuevos”. En verdad, nadie se va a equivocar si considera que la mayoría de los líderes que hoy tiene el Paraguay son torpes, ignorantes, egoístas, cerriles, corruptos y falsos patriotas; es decir, el país necesita librarse de estos “hombres viejos” o “escombros”.
Con las debidas excepciones, tal rotunda caracterización de nuestra nada ejemplar casta dirigente refleja muy bien los atributos morales e intelectuales de quienes ocupan cargos públicos electivos, algunos desde hace varios lustros. En realidad, el Paraguay carece de la élite política que toda democracia representativa requiere para que no resulte más bien una kakistocracia o gobierno de los peores. Desde luego, no se trata de que sea regido por una oligarquía, más o menos hereditaria, sino por una minoría selecta, siempre renovada, que sirva a la sociedad con las dotes referidas por monseñor Valenzuela.
En efecto, la amistad, el donaire del candidato o el clientelismo –ese “parche que prolonga la agonía de los más necesitados”, según la Carta– son criterios que no apuntan al interés general. Es paradójico que la pobreza y la ignorancia correlativa favorezcan a quienes las causan o las perpetúan, pues sus víctimas suelen vender sus votos en pos de una ganancia inmediata que conspira contra su futuro y el de sus hijos. No creen en los programas a mediano y largo plazo, sino en el aquí y ahora. Por esta razón, no se equivocan quienes afirman que los políticos no hacen ni van a hacer nada por sacar a la gente de la miseria, pues esa situación les resulta netamente favorable.
Urge romper este círculo vicioso poniendo fin a unas prácticas vergonzosas y que el ciudadano, al decir del prelado, se responsabilice de los errores en la elección de quienes dirigen el país y pretenden eternizarse en el poder.
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Hacen falta “hombres nuevos”, porque la generalidad de quienes hoy ocupan cargos electivos adquirieron el hábito de aprovecharse de la función pública y no tienen el menor propósito de enmienda. Un buen ejemplo es la carrera del diputado Miguel Cuevas (ANR), antes administrador del Puerto Franco de Paranaguá (“allí gané mucho dinero”), intendente de Sapucái y gobernador de Paraguarí: fue vitoreado por su clientela tras abandonar la prisión preventiva y, hace poco, acompañó al presidente de la República, Mario Abdo Benítez, en un acto oficial realizado en Quyquyhó. Si este personaje, que no descuella por su honestidad ni por sus luces, llegó a presidir la Cámara Baja es porque la mayoría de sus miembros son de similar índole.
Nuestro Poder Legislativo está hoy plagado de gente con indicios de tener cuentas pendientes con la Justicia. Hay unos quince procesados o investigados por la comisión de delitos varios en el ejercicio de un cargo electivo anterior, como los colorados Esteban Samaniego (exintendente de Quyquyhó), Basilio Núñez (exintendente de Villa Hayes), Justo Zacarías (exgobernador del Alto Paraná), Marlene Ocampos (exgobernadora del Alto Paraguay) y Avelino Dávalos (exgobernador de Caazapá). Estos ocuparon sus bancas en 2018, en tanto que el diputado Freddy D’Ecclesiis (ANR) fue reelecto ese año, pese a que, en 2014, una comisión senatorial lo vinculó con el narcotráfico. Igual suerte tuvo su colega Carlos Portillo (PLRA), hoy encausado por un delito cometido en la actual legislatura.
Los exdiputados liberales Enzo Cardozo (exgobernador de Caaguazú y exministro de Agricultura y Ganadería) y Milciades Duré (exgobernador de Cordillera y exconsejero del Indert), procesados por hechos punibles perpetrados en un cargo electivo anterior, disfrutan de unas bien pagadas “vacaciones” en el Parlasur, desde 2018. Ese mismo año, el procesado Ulises Quintana, la investigada Rocío Abed y el contrabandista confeso Carlos Núñez Salinas, todos diputados por la ANR, recibieron por primera vez el voto popular. También los senadores colorados Javier Zacarías Irún (exintendente de Ciudad del Este y exgobernador del Alto Paraná) y Rodolfo Friedmann (exgobernador del Guairá y exministro de Agricultura y Ganadería) están penalmente acusados por delitos que habrían cometido antes de ocupar sus respectivos escaños.
Estos integran el plantel de legisladores que tienen el honor de sancionar leyes para el resto de los ciudadanos. Se comprende que quieran eternizarse en el Congreso, porque ello les permite gozar de fueros o seguir traficando influencias, entre otras cosas. Muchos políticos integran verdaderos clanes, como los de Villa Hayes, Limpio, Pedro Juan Caballero y Ciudad del Este. Los ciudadanos y las ciudadanas deberían valorar su voto para no seguir premiando a quienes ya exhibieron su ruindad y su corrupción.
Habiendo un amplio campo para que personas intachables, especialmente jóvenes con ideales y sin apetitos espurios, se lancen con vigor al ruedo político, es llamativo que las ofertas en este sentido sean escasas. Ocurre que el camino que deben recorrer es escabroso, dado que los sinvergüenzas que hoy dominan la política se van a aferrar con uñas y dientes a sus posiciones y van a poner toda clase de obstáculos en su camino. Los dueños de los partidos y movimientos manejan los recursos, que incluyen los millonarios aportes del Estado, que utilizan para su conveniencia y no para promover el civismo ni a estimular la formación de nuevas figuras prometedoras para el país.
Este horrendo ambiente político debe cambiar. Por eso, es oportuna la exhortación episcopal, y es de desear que estimule a que hombres y mujeres de reconocida solvencia moral se lancen al desafío. Es cierto, saben que nadie les va a regalar ningún espacio: se lo tienen que ganar a pulso, sin colgarse del saco de nadie. Lo que el país requiere es que las personas probas y capaces no se limiten a observar desde las graderías, sino que despejen el campo de “escombros”, ennobleciendo la política y dando al elector una opción digna.