Un turista brasileño –médico él– ingresó en una tienda del microcentro de Ciudad del Este, sugerida por uno de los numerosos “guías de compras”, también conocidos como “pirañas”, por su afición al robo; de inmediato, fue rodeado por seis hombres, uno de los cuales le dio una bofetada y lo privó de 2.100 reales (3.150.000 guaraníes); luego, la víctima recibió un receptor digital y le ordenaron que abandone el lugar. Otro turista de igual nacionalidad, también muy mal aconsejado, entró en el negocio “Atacado VIP”, para comprar aparatos electrónicos; como se negó a comprar las armas de fuego ofrecidas, los “comerciantes” le despojaron, bajo amenazas, de 2.500 reales (3.750.000 guaraníes) y lo expulsaron; cuando los agentes policiales llegaron con el denunciante, el local ya estaba cerrado: había sido alquilado de uno de los 200 copropietarios de un shopping, solo para cometer atracos.
Aparte de toparse con los tradicionales asaltantes callejeros, los compradores foráneos vienen teniendo la desgracia de ser vilmente estafados por los “vendedores” esteños, cuyas frecuentes actividades delictivas están convirtiendo a la capital del Alto Paraná en una zona de riesgo para los visitantes. Los verdaderos comerciantes, la Municipalidad local y la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios deberían estar muy inquietos, pues la inseguridad creciente provocará, más temprano que tarde, una notable merma del turismo de compra.
El exjefe municipal de la Dirección de Defensa del Consumidor Richard González creía que la mitad del trabajo en la lucha contra los atracos y fraudes que sufren los turistas está en manos de los empresarios, pues son cometidos en los shoppings.
Pero habría otro problema: los reincidentes se valen de testaferros, cambian el nombre de la tienda y vuelven a pedir la patente comercial, tras llegar a un acuerdo con sus víctimas, devolviendo la suma defraudada, para que siga todo igual. Tal es el caso de una “comerciante” brasileña denunciada al menos doce veces por estafa, sin que haya sido encausada. Una de las recientes víctimas que recuperó su dinero fue un miembro de la Policía Militar brasileña, estafado con la compra de equipos informáticos y de telefonía móvil.
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Si a estas prácticas delincuenciales en los comercios se agrega la criminalidad de todo tipo que sufren los esteños, la preocupación sube de tono. Solo en las últimas semanas, una banda dedicada a robar cajeros fue repelida por guardias de seguridad de un supermercado, mientras que otra logró desarmar al de un sanatorio y llevarse teléfonos móviles; un presunto miembro del Primer Comando da Capital fue herido tras intentar desarmar a un agente de policía; fueron detenidos dos delincuentes especializados en asaltar negocios atendidos por mujeres, y el guardia de seguridad de una empresa fue baleado y despojado de su arma en el microcentro. Es obvio que también delitos como estos contribuyen a la zozobra, que irá minando la actividad comercial si no se toman prontas medidas.
Conste que Ciudad del Este tiene una Policía Turística, que debería proteger a los visitantes expuestos a fechorías diversas. No parece que su labor sea eficiente, tanto que el intendente Miguel Prieto pidió que sea disuelta de una vez por todas.
Como está en el interés general que la actividad económica lícita no sea afectada, se debe tomar seriamente la cuestión de la seguridad en esa zona. La delincuencia en auge en Ciudad del Este, que acentúa la mala fama de la Triple Frontera, ahuyentará a los potenciales clientes que teman caer en las garras de sus “comerciantes”; para que no los metan en la misma bolsa, los auténticos deberían insistir mucho más en la necesidad de restaurar la seguridad, considerando que las estrategias de marketing y los productos innovadores no tendrán mayor influencia en sus transacciones que los asaltos y las estafas, tan frecuentes como impunes. No se debe matar la “gallina de los huevos de oro”, como lo es el turismo de compras, en esa importante zona del país.