Nuevos deplorables episodios sacuden a la Policía Nacional

En el amanecer del domingo último, un joven inocente murió en su auto acribillado por integrantes de una barrera policial rutera, montada tras un asalto cometido en Alberdi por una banda que era liderada por un colega prófugo de la Justicia que falleció en el episodio. Los agentes de la Agrupación de Acciones Tácticas de Ñeembucú de la Policía Nacional (PN), ocho de los cuales están en prisión preventiva, alegaron que la joven víctima Frederick Cáceres (20) ignoró la señal de que se detenga y presumieron –erróneamente– que era uno de los atracadores en fuga.

“Son cosas que suceden”, afirmó posteriormente el ministro del Interior, Enrique Riera, como si lo ocurrido hubiera sido una nimiedad, aunque creyó que “corresponde quizá” pedirle disculpas a la familia. Dijo que “no detenerse en un retén no es delito” y que hubo una “negligencia criminal”, pues los agentes “podían haber disparado a la cubierta, podían haber interceptado y evitar este daño irreparable”. Es decir, según el ministro, las opciones para evitar el crimen eran muchas, pero los varios integrantes de la barrera aparentemente las desconocían.

Por su lado, el comandante de la PN, César Silguero, reconoció que hubo una “negligencia en el procedimiento”, que la víctima estaba desarmada y que en el grupo interviniente había dos suboficiales mayores, con una experiencia de cerca de veinte años. Todos ellos formarían parte de unas “fuerzas especiales”, cuyo nombre sugiere que sus miembros conformarían un grupo de élite, es decir, una minoría policial selecta, a la que los delincuentes deberían temer por su idoneidad. Pero resulta claro que la actuación de los agentes “especiales” no condijo con esa impresionante denominación, ya que, aparte de su inexperiencia, los cinco suboficiales ayudantes fueron conducidos por un par de veteranos que sin duda alguna no estuvieron a la altura de su mayor jerarquía.

El citado comandante pidió no estigmatizar a los jóvenes y tiene razón, en cierta medida: los merecedores de una fuerte crítica son, sobre todo, quienes les encargaron una misión para la cual sin duda alguna no estaban preparados. Tres de los agentes fueron enviados a la acción luego de egresar en diciembre de 2025 tras solo medio año de entrenamiento. Por su parte, otros dos egresaron apenas en diciembre de 2024, también luego de medio año de preparación, es decir, que estos cinco forman parte de la ahora ya conocida camada de “policías exprés”. Pese a ello, estos novatos ya portaban armas largas automáticas, como miembros de las “fuerzas especiales”, porque evidentemente el Ministerio del Interior ha estado más interesada en la cantidad que en la calidad del personal de la PN.

Abundan también los casos que revelan no solo la escasa formación profesional de los agentes, sino también el descuido de sus condiciones morales y de sus eventuales adicciones o patologías. Ahí está un rocambolesco caso ocurrido hace unos días, que también crea serias dudas sobre la calidad del personal a cuyo cargo está la seguridad de las personas y sus bienes. Un subcomisario de la Dirección de Policía del Departamento Central fue detenido tras apropiarse en la Expo de Mariano Roque Alonso del auto de un camarada de igual rango: la persecución de película del aludido por sus propios camaradas, que recorrió inclusive más de una ciudad de la zona central del país, cesó recién cuando lo hurtado tuvo un vuelco en la ruta Villeta-Nueva Italia. El autor del hecho punible, que fue puesto en libertad, se hallaría bajo tratamiento médico, debido a una depresión. También hace poco, un suboficial ayudante fue detenido horas después de haber hurtado una computadora durante una audiencia disciplinaria en la Justicia Policial.

En suma, el ministro del Interior y el comandante de la PN tienen muchísimo que hacer para imponer la decencia y la eficacia en la institución que tiene como lema nada menos que “Orden y Patria”.

Es necesario impedir que los incidentes de los últimos tiempos, tanto trágicos como grotescos, sigan repitiéndose para que la seguridad pública no sea cada vez más deteriorada. Como queda demostrado, entre quienes la alteran figuran varios malvivientes a sueldo de sus propias víctimas, es decir, de los ciudadanos expuestos a perder vida y hacienda porque la PN tiene tremendas carencias, de diversa naturaleza. En verdad, muchas veces hace el ridículo hasta el punto de causar vergüenza ajena. Es presumible que muchos de los “polibandis” no cayeron en la tentación de delinquir recién después de haber ingresado en el Colegio o en la Academia de Policía, sino que decidieron vestir el uniforme solo porque ello les daría cierta impunidad. Habrá que “filtrar” con mucho mayor rigor a los postulantes a la carrera policial, para que la PN se gane la confianza ciudadana, hoy perdida por deplorables motivos.