Que el Cañón Cristiano no dispare solo humo

La anunciada devolución del Cañón Cristiano por parte del Brasil, de concretarse, es importante desde el punto de vista patrimonial y como implícita disculpa ofrecida por el presidente Lula da Silva luego de haber abierto innecesariamente viejas heridas históricas con sus desafortunadas declaraciones recientes sobre la Guerra de la Triple Alianza. Sin embargo, Paraguay y Brasil tienen asuntos mucho más urgentes y actuales que resolver. Si es un gesto sincero de buena voluntad, bienvenido y aceptado. Pero si se trata de otra de las típicas triquiñuelas de la diplomacia brasileña, la ciudadanía tiene que estar muy alerta sobre lo que se traen entre manos.

La hábil política de endulzar por un lado y aprovecharse por el otro, de ensalzar lo secundario para ocultar lo fundamental, de convencer de que lo más conveniente es lo que más le conviene, de endurecerse y luego suavizarse para terminar dando solo pequeñas concesiones y quedarse con la parte del león, o de cambiar algo para no cambiar nada, le ha sido sumamente útil al Brasil con Paraguay. Lo triste es que estas maniobras siempre han encontrado eco en los gobernantes y en la clase dirigente del Paraguay, presumiblemente muy a menudo a cambio de fabulosos beneficios personales.

El caso más emblemático es el de Itaipú. La mayor hidroeléctrica del mundo surgió por un inventado conflicto de límites. Brasil ocupó militarmente los Saltos del Guairá en los años sesenta y luego, para zanjar la disputa que ellos mismos generaron, propuso el aprovechamiento del potencial energético por diferencia de altura del río Paraná entre los saltos, que quedaron inundados, y la desembocadura del río Yguazú.

Se firmó entonces el Acta de Foz de Yguazú, en la que se acordó dividirse el fruto de la explotación del recurso natural “compartido” en porciones iguales, con un derecho de preferencia a favor de Brasil para contratar “a justo precio” los previsibles excedentes de Paraguay.

Pasaron siete años hasta la firma del Tratado de Itaipú. Luego de intentar desconocerla, Brasil terminó aceptando “magnánimamente” la partición igualitaria, pero con cláusulas engañosas en el Anexo C que, a todos los efectos prácticos, le permitieron apropiarse de más del 80% del aprovechamiento por muchas décadas. Se introdujo la figura de la “cesión de energía” y se dejó olímpicamente de lado el “justo precio”, estableciéndose en su lugar una “compensación” totalmente divorciada del valor real de esa parte sobrante que le corresponde al Paraguay.

El resultado es que, en los 42 años transcurridos desde que se puso en operación la primera turbina, en 1984, Brasil se ha quedado con el 90% de la energía de Itaipú, lo que incluye el 100% de su parte y el 80% de la parte paraguaya. Según datos oficiales, a julio de 2025 Paraguay le había cedido 1.235 millones de megavatios/hora, un volumen gigantesco equivalente a cuarenta años de consumo nacional, y por ello nuestro vecino le pagó a nuestro país, en promedio, la irrisoria suma de 4,4 dólares el MWh.

El argumento esgrimido para justificar semejante expoliación fue que Brasil garantizó las deudas para la construcción de la central, mientras que Paraguay “solo puso el agua”. Se trata de una gran falacia. No solamente Itaipú se autofinanció de principio a fin, sino que el gran beneficiario del negocio financiero por una deuda exorbitante y en gran medida espuria, probablemente diez veces mayor de la que se requería para las obras, fue precisamente Brasil, que se embolsó la mayor parte de los intereses. Es cierto que Paraguay también obtuvo beneficios, pero no en la medida de lo justo. Mínimamente hoy tendría que ser tan desarrollado como los más ricos estados del sudeste brasileño.

Los términos del Tratado de Itaipú nunca se han modificado estructuralmente, a pesar de que la deuda ya ha sido totalmente cancelada y que se cumplieron los plazos de revisión. Este Gobierno le ha hecho el juego al Brasil, que mantiene cómodamente el statu quo hasta el día de hoy. Todas las negociaciones se han centrado exclusivamente en la tarifa, para obtener “fondos socioambientales” de gasto discrecional, que es un asunto totalmente secundario. Nada ha cambiado, incluyendo los altos sueldos, los acomodos, las sofrefacturaciones para funcionarios, políticos y amigos del poder en Paraguay.

Itaipú es quizá el ejemplo principal, pero no el único. Hay muchas cuestiones pendientes con Brasil, trabas comerciales, un puente que no se puede utilizar, el crimen organizado brasileño que se cuela en nuestro país e inficiona nuestras instituciones. Por lo tanto, agradecidos por el Cañón Cristiano, que quedará muy bonito en su nuevo emplazamiento, sea en Humaitá o en el Palacio de López. Será valioso para nuestro patrimonio histórico, pero Paraguay necesita de su poderoso vecino señales y acciones mucho más determinantes que la restitución de antiguos trofeos de guerra.