En estos días se realizan multitudinarias manifestaciones públicas en las calles de Hong Kong, en reclamo de derechos y garantías democráticas que les están siendo desconocidos y negados por las autoridades comunistas de China a los habitantes de esta próspera ex colonia británica. La prensa internacional ya la llama la “revolución de los paraguas”, porque los manifestantes utilizan estos implementos para protegerse de los gases lacrimógenos que les arroja la Policía.
Al margen del objetivo específico de la manifestación, es digno de destacarse el alto civismo que exhiben los hongkoneses, contrariamente a lo que estamos acostumbrados a observar y sufrir en la mayoría de las movilizaciones populares que suelen realizarse en nuestro país.
Por ejemplo, según destacan informaciones provenientes de ese punto del planeta, los manifestantes –¡en número de 100.000 personas!– se limitan estrictamente a circular por calles y veredas, respetando al máximo recomendaciones como el “no pisar el césped” como las que nosotros tenemos en plazas y parques. Al final de sus actos de protesta, y pese a la represión policial, se toman el tiempo para reunir los paraguas destruidos y disponerlos ordenadamente en los contenedores municipales, junto con los demás desechos, tales como pancartas, carteles, volantes, etc. Un hecho que destacaron las agencias informativas es que un manifestante al que le arrojaron un huevo, se agachó a recoger los restos del improvisado proyectil.
Aquí estamos acostumbrados a ver que las cosas se hacen al revés. Toda manifestación callejera se convierte en ocasión para que se desate el peor comportamiento esperable, comenzando por gente de la que, por su nivel educativo, no se esperaría actitud tan vulgar. La mayoría de nuestros manifestantes pisotean, manchan, rompen todo lo que encuentran a su paso; dejan una estela de desperdicios que van lanzando a su paso, creyendo, tal vez, que empuercar la ciudad también es parte de la protesta que llevan adelante.
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Pero no solamente en las manifestaciones, sino en la rutina cotidiana, la gente arroja en la vía pública lo que le sobra o le molesta, para luego quejarse amargamente de que la Municipalidad no lo recoge y no asea lo que se ensució adrede.
Hay que admitir que una ciudad inmunda no lo sería si sus habitantes fueran más cuidadosos en sus hábitos de vida urbana. Porque, en efecto, no son los intendentes y funcionarios municipales los que esparcen la basura en las calles, sino los transeúntes; no son aquellos los que acumulan desperdicios domésticos en las veredas, o los acomodan deficientemente en bolsas y contenedores inadecuados; ni son aquellos los que forman minivertederos en esquinas y baldíos. Con esto no desconocemos la ineludible obligación municipal de recoger las basuras domiciliarias y las que inevitablemente se forman en las calles, algo que muchas veces se realiza en forma sumamente deficiente.
Puede afirmarse que, con una ciudadanía disciplinada en el aseo y el orden, que no arroje desperdicios en cualquier lugar, que se acostumbre a no sacar a la calle su basura sino en los días y a las horas indicadas para su recolección, que no produzca más desechos que los indispensables, ni siquiera habría necesidad de un gran aparato municipal para encargarse de la limpieza urbana.
El ejemplo de los manifestantes chinos nos viene muy bien como lección práctica acerca de lo que afirmamos, de que con una población consciente y educada, metódica y respetuosa de la convivencia urbana, la labor municipal se tornaría tal vez más sencilla y barata para todos. En Asunción y alrededores, estamos tan lejos de la cultura de Hong Kong como la Tierra de la Luna.
La labor de educación y concienciación cívica debe comenzar en la casa, seguir en la escuela y ponerse a prueba en la rutina cotidiana.
Mantener limpios y saludables los espacios públicos, esos lugares a los que concurrimos y que compartimos todos, es primero, antes que nada, una obligación moral y legal de las personas que habitan o circulan por la ciudad, y, recién después, es una labor de competencia municipal. Nadie debería quejarse de la inacción o ineptitud de intendentes y funcionarios comunales sin demostrar primero que cumple con su parte de ciudadano consciente y responsable de sus actos.
Los padres y madres tienen en su hogar el sitio ideal para inculcar en los menores los valores y aprender las conductas que guardan relación con la higiene y el aseo. En la escuela, los docentes deben complementar esta labor. En las calles, son las autoridades municipales las que deben organizar un sistema de educación general que sea eficiente, al tiempo de facilitar la limpieza, vigilar y sancionar ejemplarmente las conductas insolidarias e irresponsables respecto al cuidado de estos valores y bienes colectivamente compartidos.
Todo esto parece un discurso elemental y excesivamente reiterado, pero al escuchar las quejas, reclamos y respuestas de la gente en relación con deberes y obligaciones relativos al aseo público, es evidente que este discurso, aunque repetido, aun no caló en sus mentalidades. Es una lástima que el brillante ejemplo de ciudadanías bien educadas y disciplinadas, como los manifestantes de Hong Kong, esté tan lejos y sea tan débilmente promocionado.
Edúquese como es debido a la niñez, a la juventud, a la ciudadanía, y en pocos años no necesitaremos ni recolectores de basura en las calles.