La Navidad es, sin dudas, una de las festividades más destacadas del calendario cristiano. En términos de la doctrina de Cristo, la más representativa junto con la Pascua de Resurrección, aunque probablemente superior a esta, porque si el nacimiento de Jesús no se hubiera producido, nada de su obra redentora podría haber tenido lugar.
Si se la mira desde la perspectiva de la fe, esta es una fecha ciertamente sobrecogedora. Recordamos el día en que Dios Todopoderoso, despojado de su majestad, se humilló a sí mismo hasta tomar forma humana. Padeció la pobreza y el abandono, y compartió todas las miserias físicas del hombre para demostrarle que no estaba solo en su lucha y en su camino; que las fuerzas celestiales lo acompañan siempre en su combate por la vida. Desde su humilde pesebre de Belén, Jesús nos da cátedra de humanidad.
Vista de esta manera, la Navidad es para las personas una fiesta de la esperanza. Para la inmensa mayoría de las paraguayas y los paraguayos, debe representar una oportunidad para la reflexión y el agradecimiento. Y cuán conveniente sería que todos aquellos que están unidos por la misma fe en el Salvador hicieran hoy un alto en el camino para meditar sobre esta realidad trascendental.
Esta es una ocasión propicia para pensar en todos los beneficios que hemos obtenido, tanto en el transcurso del presente año como a lo largo de nuestras existencias. Es un buen momento para pensar que, a pesar de todas las nubes que hay en el horizonte; más allá de las penurias inherentes a la realidad humana, ya sea a nivel colectivo –en tanto que nación, comunidad y familia– como individual, debemos dar gracias a Dios por los innumerables bienes que nos ha permitido disfrutar.
El primero y más importante de todos esos bienes es, desde luego, la vida misma. El hecho de estar vivos es ya una razón lo suficientemente trascendente para estar agradecidos, porque más allá de nuestras tristezas, de las preocupaciones que nos embargan cotidianamente y los sinsabores propios de la existencia, tenemos la oportunidad de disfrutar de la naturaleza, de estar en compañía de los seres que amamos y que dan sentido a este pasajero tránsito por la tierra.
En un mundo de tantas incertidumbres y apremios –muchas veces morales y otras materiales–, cómo no dar gracias al cielo por poder disponer de los recursos necesarios para sostenernos a nosotros mismos y a nuestras familias. Quienes tienen un trabajo deben sentirse reconocidos. Pero también debemos orientar nuestra mirada hacia aquellos que no lo tienen, animándolos con nuestro apoyo moral y contribuyendo, en la medida de nuestras posibilidades, para que puedan superar el difícil momento que les toca atravesar. La solidaridad es un imperativo de la vida social.
Si todos tenemos trabajo, estaremos en condiciones de contribuir a la construcción de una sociedad más próspera, más justa y más humana, sin exclusiones de ningún tipo y con oportunidades para todos.
Esta nuestra contribución personal es la que nos permitirá edificar una patria más grande, para posibilitar que muchos de los problemas por los que tanto nos solemos quejar, sean finalmente superados. Un país menos corrupto tendremos si cada uno de nosotros asume un compromiso decidido con la honestidad. Un Paraguay más decente si ejercemos nuestros derechos cívicos –sobre todo el de votar– imbuidos de nuestras responsabilidades ciudadanas de cara a la sociedad.
Es también este un momento propicio para dirigir nuestra mente hacia todos aquellos que quisimos y que hoy ya no están entre nosotros, para hacerles también a ellos un lugar –aunque más no sea simbólico– en nuestras mesas. Para recordarlos entrañablemente desde la alegría y el reconocimiento más que desde la tristeza, agradeciéndoles por habernos dado la oportunidad de compartir sus vidas y por haber sido depositarios de su cariño y esmerada atención.
Además, pensar en los que ya no están entre nosotros debe ayudarnos a profundizar en la consideración del carácter transitorio y contingente de nuestra propia existencia, y así tener la capacidad de ubicar a las inquietudes que muchas veces nos asaltan en el justo lugar que merecen ocupar, sin subestimarlas, pero tampoco sobredimensionándolas, conscientes de que ellas no durarán para siempre y que, por lo tanto, no merecen captar la totalidad de nuestras energías y preocupaciones.
Estas realidades fundamentales debemos traer a nuestra mente en estas fechas plenas de alegría y exaltación cristiana. Nuestra celebración no se tendría que circunscribir a la mera diversión o al consumo desenfrenado. En medio del ruido, es preciso encontrar en nuestras almas un lugar para la reflexión. Un pequeño santuario desde el cual expresar al Señor Jesús nuestra gratitud y nuestro compromiso con una vida mejor, como Nación y como personas.
¡Feliz Navidad a todos nuestros amables lectores!