Según el gerente de Zafra de Manufactura de Pilar SA, Efraín Martínez, se ha sembrado el 50 por ciento de las 600 hectáreas previstas en el Ñeembucú. La semilla utilizada es la IAN 425 que se produce en la planta textil de Pilar. Lamentó la falta de interés que impide incrementar el área de cultivo. Indicó que aún no se puede hablar de la cotización del algodón por kilo, ya que depende de los vaivenes del comercio exterior.
El algodón es un cultivo que tiende a desaparecer en la zona. Los bajos precios internacionales, el escaso apoyo del MAG, suelos empobrecidos y el pésimo estado de los caminos hacen casi imposible que se pueda pensar en la recuperación del que fuera principal rubro de renta de la agricultura del Ñeembucú.
Los desilusionados labriegos del duodécimo departamento optan por otros cultivos y sus hijos migran masivamente al exterior en busca de alternativas de supervivencia. Numerosos centros educativos del interior ven disminuido el número de sus alumnos. La falta de jóvenes en edad de trabajar también conspira contra la posibilidad de encarar proyectos productivos y en el caso del algodón, ya ni se tienen los cosecheros necesarios para levantar la fibra.
En la mayoría de los casos las familias campesinas están compuestas por ancianos y sus nietos, que quedaron a custodia de los abuelos debido a la ausencia de los padres. Generalmente, los jóvenes del interior optan por trasladarse a Buenos Aires u otra ciudad de Argentina, donde pasan de ser agricultores a aprendices de albañilería, residiendo en los edificios en construcción de manera más que precaria. Recorriendo el área rural del departamento es una constante encontrar numerosas taperas, que tiempo atrás eran ranchos que albergaban a familias campesinas.
La desesperanza ha conseguido que la mayoría migren y tras la muerte de los ancianos, las modestas construcciones quedan abandonadas y en ruinas.
El algodón, tiempo atrás, se erigía en una importante fuente de ingresos para los labriegos del departamento, que llegaron a mejorar sus viviendas, equiparlas con luz eléctrica, heladera, cocina, televisores y otros electrodomésticos.
El antiguamente conocido como “oro blanco” es hoy sinónimo de pobreza y no despierta la más mínima ilusión entre los pobladores del sur.
