La Pasión y Muerte del Señor

El Viernes Santo nos encontramos con la imagen de Cristo que sufre, es maltratado, recibe acusaciones falsas, es condenado injustamente y recibe el castigo humano de la muerte en la cruz. Para nuestra fe, el Viernes Santo es el gran día penitencial, de silencio y oración.

El vía crucis representado por jóvenes de la pastoral juvenil o grupos de teatros será el gran ausente de esta Semana Santa. Las localidades donde realizaban, como Fernando de la Mora, Luque y Atyrá, pasaron a ser destinos turísticos.
El vía crucis representado por jóvenes de la pastoral juvenil o grupos de teatros será el gran ausente de esta Semana Santa. Las localidades donde realizaban, como Fernando de la Mora, Luque y Atyrá, pasaron a ser destinos turísticos.Archivo, ABC Color

La tradición nos hace reparar bastante en el aspecto doloroso de la misión final del Mesías: cargar, todo herido y ensangrentado, con su cruz pesada hasta el lugar de la crucifixión. Si bien, este año por los acontecimientos que estamos viviendo, no habrá participación de los fieles en las celebraciones, y muchas expresiones de religiosidad popular propias de este día no serán realizadas, somos especialmente invitados a contemplar en la muerte en cruz de Jesucristo, todo el amor de Dios llevado hasta las últimas consecuencias, llegar a dar la vida por aquellos a quienes se ama.

Contemplar a Jesús sufriente hoy

Tal vez nuestra generación no fue testigo en otro tiempo de lo que estamos viviendo como sociedad en la actualidad: aislamiento, quedarnos “encerrados” en casa, miedo, ansiedad, incertidumbre, hambre, enfermedad, muerte. Desde la fe podemos ver, hoy más que otras veces, a Cristo que sigue llevando su cruz. La riqueza de este Viernes Santo en particular, está en saber abrir los ojos a una realidad que fuertemente nos interpela, nos exige no quedarnos como observadores pasivos, y sí, nos urge a llevar junto con los demás la cruz que como pueblo estamos cargando. Hoy, más que otras veces podemos ver a Cristo llevando la cruz de la soledad, de la enfermedad, de la injusticia, de la explotación, de la falta de oportunidades, del temor, en tantos rostros conocidos y desconocidos; y no podemos ser del grupo que grita “crucifícalo” como pasó con Jesús. Nuestra fe nos impulsa a ser cireneos, ayudando –en lo posible– a llevar tanto dolor y sufrimiento, ser verónicas que, aunque no tengamos soluciones totales, demos alivio en la angustia. Saber contemplar el dolor humano y compadecernos de él, es la tarea que nos deja este atípico viernes santo.

La pasión con esperanza

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Además del silencio, del ayuno y abstinencia de carne, la Iglesia nos invita a meditar –esta vez desde nuestras casas– en la pasión del Señor. Nuestra participación y comunión serán espirituales a través de la transmisión de la celebración; pero, en familia, podemos meditar sobre las siete palabras de Cristo en la cruz, o podemos rezar la Vía Crucis, o mismo el rosario con los misterios dolorosos. Como sea, no podemos olvidar en la oración la realidad que nos toca vivir. Pidamos por los enfermos, los médicos, enfermeros, funcionarios de los centros asistenciales. Tengamos en la mente a tantos ancianos y niños abandonados, fuerzas del orden, comunicadores, hermanos nuestros que por su actividad no pueden quedarse a compartir en familia. La cruz de Cristo, esta vez tiene tantos rostros crucificados en ella; con y por ellos debemos vivir la pasión del Señor, pero con ánimo, con la esperanza de que su entrega no es en vano. Aunque ahora no se note, Él está haciendo nuevas todas las cosas.

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