AL CAER LA TARDE

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Hubiera yo querido hablarles sobre un lorito de plumas verdísimas, que apareció, extraviado, en el desordenado jardín de nuestra casa. De eso hace ya más de cuatro domingos. Tiene el pecho verde, como toda ave parlanchina, y su sorpresiva presencia, produjo gran animación en la familia, y unos celos, también verdes, en nuestra perrita. Hoy por hoy forma parte de nuestra vida de todos los días, pues decidimos adoptarlo por unanimidad de simpatías. Un loro no es más que eso: un loro.