Tomás Dávalos recuerda que ni bien se asomaba el sol y sonaba el despertador artesanal que había fabricado su padre –Don Espiridión–, él y sus nueve hermanos debían estar listos para ir la escuela. Para Dávalos, la frase “no se puede” solo existe en la boca de quienes esperan sentados una solución rápida a los problemas. En este sentido, hace hincapié en la incansable labor que realizaba su madre, María Deolinda, quien todas las mañanas se aprestaba a preparar variados dulces, como los de guayaba y de leche, o según la época apostaba al chipá o los panes, en tanto que los fines de semana, se abocaba a la confección de ropas para la familia, que eran a base de bolsas de tela (recipientes de azúcar). En esas siestas, los hermanos alzaban los productos para comercializarlos casa por casa en Caacupé y zonas aledañas, sea a pie, a caballo o carreta.
Mientras eso ocurría, Dávalos recuerda que su padre iba puliendo una idea que en principio consistió en tener un negocio de balanzas caseras y el arreglo de carretas. “Era tan visionario que su entrega al trabajo fue el mejor legado”, rememora.
Con el correr de los años, la venta de dulces más los ahorros que generaba el taller permitió a su familia ser pionera en el montaje de carrocerías. “A papá le gustaba la metalúrgica y gracias a su inteligencia alcanzó su meta”, rescata. Fue así que comenzaron a ganar clientes y trasladaron las operaciones a Asunción, donde Dávalos ya de joven adquirió conocimientos en la materia y con asesoramiento de su padre, se lanzó a la fabricación de carritos pancheros, cuyas unidades ubicó en el mercado a cuotas, lo que lo ayudó a solventar sus estudios de ingeniería por un año en Brasil.
Sin culminar dicha carrera, cuenta que retornó al país, formó un hogar y empezó a trabajar en el campo de la construcción mediante un capital obtenido de la venta de un pequeño vehículo. Importó bicicletas de Argentina. El negocio no prosperó, y en ese camino conoció a directivos chilenos de la cadena Santa Isabel (hoy Stock) quienes le orientaron en lo que implicaba el manejo de una gran tienda.
De esta forma y con un préstamo bancario nació Pueblo, marca que lleva 13 años en el mercado con 800 personas trabajando en sus cuatro bocas. Ya años más tarde Dávalos dio apertura a otras firmas del rubro inmobiliario y de muebles.
Esperanza
Dávalos incorporó recientemente a reclusos de la penitenciaría de Tacumbú con régimen de semilibertad, exreclusas del Buen Pastor y a un importante número de trabajadores de la calle, específicamente, los limpiavidrios, a sus distintos locales. En el proceso, fueron contratados presos para la construcción de un supermercado; posteriormente, facilitó empleo a 14 de las 22 mujeres indultadas por el Presidente en enero pasado y desde hace dos semanas, se encuentra capacitando a una quincena de limpiavidrios, quienes serán integrados en las áreas de limpieza, panadería, confitería, góndolas y otras.
La administración les cubre en este periodo los gastos de pasaje y comida, y si califican, pasan a ser parte del staff. “Si se busca la formalización del país, las empresas deberíamos poner nuestro esfuerzo y ser ejemplo. El empresariado tiene que recapacitar porque la realidad es que está perdiendo la práctica de escuchar a su personal”, dijo.
Como empleadores, aseguró, no pueden estar exentos a los problemas sociales. Afirma que el propósito es dar empleo a un sector que carece especialmente de educación. “Si no se instala esa gran escuela (de trabajo), no servirá de nada retirarlos de las calles”, refiere. Subraya que la próxima acción se enfocará en alternativas laborales a indígenas.
