El arte de conmover y convencer

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Desde este año se abren las puertas de una escuela de oratoria para cubrir las urgentes necesidades del buen hablar, vencer la timidez y adquirir seguridad. La propuesta, dice Hedy González Frutos, es seria y apunta a profesionales y estudiantes universitarios. La reconocida maestra y actriz da buena chance: “Todo aquel que quiera, puede ser un orador”.

“Después de 6 años de dejar el escenario, salvando que volví el año pasado para hacer ‘Lasánima’ en el Arlequín –que fue como canto a la vida tras superar un cáncer de mama–, decidí abandonar la enseñanza de teatro y abrir una escuela de oratoria”, inicia Hedy González Frutos (71). La Escuela de Oratoria ‘Demóstenes’ espera a sus alumnos, cuyos grupos no superarán los 5 alumnos y se impartirán 2 o 3 clases semanales, de 2 horas reloj cada una; también habrá clases de expresión corporal. El curso dura 1 año. “Hablar bien es algo que se requiere mucho en Paraguay y, por favor, no vamos a caer en eso de que se habla mal por culpa del guaraní; se habla mal por la falta de referentes en la casa y en la escuela; las telenovelas y las películas fueron las que en gran parte cambiaron la manera de hablar del paraguayo. El oído es poderoso”, asegura la actriz.

–¿Cómo vive esta decisión de dejar de enseñar teatro?

–Me retiré del teatro con todos los laureles, gracias a Dios. Hoy hay varias escuelas públicas y privadas. Me voy contenta, no solamente por lo que aportó mi escuela teatral, también haber fundado el departamento de teatro en la Escuela de Bellas Artes (actualmente ISBA), de donde salieron excelentes actores y actrices. Lamentablemente eso terminó cuando asumió Bruno Barrios, amigo, compueblano y correligionario de quien era en ese tiempo presidente de la Nación, Nicanor Duarte Frutos. Espero que ese Instituto supere todos sus problemas y vuelva a brillar. Por otro lado, cumplir con el festival de fin de año me resulta agobiante. Aunque es muy necesario, tanto para el estímulo de padres y alumnos como para despertar toda la capacidad del alumno. Pero estoy cansada, no de enseñar teatro, sino del festival. Y me dije: lo que hace falta aquí es una escuela de oratoria.

–¿Investigó las ofertas?

–Te cuento que sí, llamé a todas las escuelas que publican su aviso en los diarios. Quedé helada por el precio que cobran y la rapidez de los cursos. ¿Cómo hacen para enseñar en 3 meses algo que es eminentemente práctico y en un país donde la gente no lee y por eso no tiene vocabulario? Porque la falta de lectura es nuestro problema. Cuántos van a la universidad pero solo leen los textos de estudio, eso es mediocre. Y ahora con la tecnología peor, ni el diario leen. Por eso seguimos hablando mal, diciendo “me duele mi cabeza”.

–¿Qué nos falta para hablar bien?

–Primero hay que adquirir vocabulario, para eso hay que insistir en los sinónimos, antónimos y parónimos, que se usan para ser convincente cuando se necesite. Pero eso no es posible si antes no conocemos los términos.

–¿Qué lectura tiene seleccionada?

–Desde Condorito hasta el Ulises, de Joyce. He preparado una lista amplia y variada.

–¿Cuál es la función de las clases de expresión corporal?

–Uno habla con todo el cuerpo. Nosotros, por la educación que tuvimos, tenemos muchos nudos en el cerebro y en el cuerpo, seguimos siendo una sociedad pacata. Contraté a una muy buena profesora, la bailarina Alejandra García, quien acaba de llegar de Suiza y trae una técnica nueva.

–Comúnmente la gente interpreta que la oratoria es para actores o declamadores.

–Esto no es exclusivamente para el actor. Últimamente me llega gente joven que tiene que defender su tesis, menos vienen –aunque deberían– profesionales abogados, jefes que tienen que hablar mucho con sus empleados. Vino a verme una ingeniera informática que envió su proyecto a Venezuela y a Argentina; de los dos lugares la llamaron para exponerlo oralmente, y me dijo: “No tengo vergüenza, lo que me falta es fuerza en la voz”.

–La buena voz, una herramienta de privilegio.

–Lo lindo es hablar con potencia, sin gritar, con matices. La persona que habla bien y tiene una buena voz es la respetada; la que habla mal y tiene una voz chiquita es pasada por encima. Después hay otros temas que voy a tratar, como el tartamudeo, la timidez, que no es otra cosa que inseguridad. También corrijo la mala pronunciación de las letras, como por ejemplo la “ll”, que era nuestro orgullo sudamericano, hoy los estudiantes ni la registran.

–Leer en voz alta antes era tarea rigurosa.

–Antes de esta reforma educativa, la lectura en voz alta era una materia. Se pasaba al frente a leer para toda la clase. Eso debe volver.

–También saber respirar, muchos que discursean apenas llegan.

–El aire no solamente te tiene que alcanzar, sino sobrar para salvar cualquier contratiempo. Aprendemos a respirar solos, pero no lo mejoramos.

–¿Qué estilo de maestra de oratoria tendremos en usted?

–Hasta cierto punto soy tolerante, pero cuando me doy cuenta de que hay pereza, de que caen en el “igual si digo mal se me entiende”, ahí me vuelvo extremadamente exigente. Si todo va bien en este emprendimiento quiero contratar a Alberto Muñoz, profesor de lengua castellana, así yo me dedico a mi fuerte, que es la oratoria y la dicción.

–¿Qué se necesita para ser orador?

–Primero, tomar conciencia de nuestras limitaciones y, segundo, saber que no hay obstáculos si realmente queremos llegar a ser orador.

El gran Demóstenes

“Le puse Demóstenes a mi escuela porque él fue uno de los oradores más grandes de la historia y también fue político, pero antes abogado. Era tartamudo y tenía una voz chillona. Por eso la primera vez que fue a hablar a la plaza se mofaron de él. Él se fue a su casa, se encerró en el sótano, se rapó la mitad de la cabeza para no tener tentación de salir y se puso a pensar. Un día fue a la orilla del mar y descubrió que el ruido de las olas era como el murmullo del público (en un dibujo se lo ve increpando a las olas). Y dijo: ‘Voy a superar esas enormes olas’. Lo logró, pero aún tenía la tartamudez. Era tan sabio que tomó un guijarro y lo colocó en cierto lugar de la boca donde trababa la lengua y así hablaba, obligándose a ARTICULAR, lo que no hacemos en Paraguay”.

lperalta@abc.com.py