Junto a Él nos invita a contemplar a los Cristos de hoy que sufren, padecen, viven inmersos en el dolor. Para estos, aún hace falta hombres y mujeres comprometidos que dejen el papel de acusadores y se vuelquen al servicio, la solidaridad y la ayuda desinteresada. En un clima de meditación profunda, la cruz pierde su aspecto doloroso y se convierte, para nosotros, en un signo de salud, vida y esperanza. Desde el madero, el Señor nos continúa ofreciendo todo su amor. Sigue con los brazos abiertos, aguardando nuestro “sí” valiente. Nos llama a poner un poco de consuelo en medio de todo el dolor del mundo.
Oración
Padre de misericordia, contemplando la cruz de tu Hijo, te pedimos la gracia para no ser indiferentes ante el dolor ajeno. Ayúdanos a abrazar nuestras propias cruces, y a auxiliar a tantos hermanos y hermanas que caen por el peso de las desesperanzas. Enséñanos a enjugar las lágrimas de aquellos que son víctimas del sufrimiento, el abandono y el desaliento. Que tu fuerza nos anime y renueve en el radical seguimiento de nuestro Señor Jesucristo. Amén.