El silencio y la reflexión

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La liturgia del Viernes Santo nos invita al silencio y la reflexión. Pero se trata de un silencio fecundo que transforma lo interior y permite entrar en contacto con el amor de Dios, llevado a su máxima expresión. Reiteradas veces, Jesús nos dijo que al ser elevado “atraería a todos hacia Él”; es precisamente desde la cruz que Cristo nos contempla y nos invita a contemplarlo.

Junto a Él nos invita a contemplar a los Cristos de hoy que sufren, padecen, viven inmersos en el dolor. Para estos, aún hace falta hombres y mujeres comprometidos que dejen el papel de acusadores y se vuelquen al servicio, la solidaridad y la ayuda desinteresada. En un clima de meditación profunda, la cruz pierde su aspecto doloroso y se convierte, para nosotros, en un signo de salud, vida y esperanza. Desde el madero, el Señor nos continúa ofreciendo todo su amor. Sigue con los brazos abiertos, aguardando nuestro “sí” valiente. Nos llama a poner un poco de consuelo en medio de todo el dolor del mundo.

Oración

Padre de misericordia, contemplando la cruz de tu Hijo, te pedimos la gracia para no ser indiferentes ante el dolor ajeno. Ayúdanos a abrazar nuestras propias cruces, y a auxiliar a tantos hermanos y hermanas que caen por el peso de las desesperanzas. Enséñanos a enjugar las lágrimas de aquellos que son víctimas del sufrimiento, el abandono y el desaliento. Que tu fuerza nos anime y renueve en el radical seguimiento de nuestro Señor Jesucristo. Amén.