Motivos de la felicidad

En estos días es costumbre expresar nuestros mejores deseos de felicidad a las personas queridas y cercanas. Los que conocemos a Jesucristo y creemos en Él lo hacemos con motivo de celebrar su nacimiento, porque le queremos y porque es excepcional acontecimiento de la historia, fuente inagotable de bienes trascendentes para la humanidad. Felicitamos además porque coincide en fechas el romanticismo que le damos a cerrar un año y, sobre todo, abrir otro, festejando por lo hecho y recibido y por la esperanza de que todo irá bien y mejor en el año que estrenamos.

Si la felicitación no es simple rutina para cumplir con la costumbre, sino expresión real de un deseo sincero y concreto, vaya o no acompañada de algún regalo, símbolo de nuestro placer de compartir y manifestar nuestra gratitud, entonces el flujo de comunicación consolida nuestras relaciones y afectos.

Pero ¿qué deseamos cuando felicitamos? ¿Qué es la felicidad y qué la motiva? Es muy difícil definirla porque como todo valor tiene su identidad, pero se presenta en racimo, se le cuelgan otros muchos valores que se le parecen y están incluidos en ella, pero no son estrictamente hablando la felicidad. Se le adhieren la alegría, el gozo, la serenidad, la energía, el bien-estar y el sentirse bien, la calidad de vida psicológica, la satisfacción, la paz, la efusión, la generosidad, las ganas de amar y hacer el bien, la apertura al entorno, la sensibilidad, la comprensión, la ternura, la belleza, la inspiración, la acogida y amabilidad, etc.

Es difícil definirla también porque tiene una gran carga subjetiva. Hay realidades que hacen felices a unos y no a otros. Es más, un mismo hecho hace felices a los de un bando y amargan al bando rival. No son los hechos en sí los que hacen felices, lo son según las actitudes, el sistema personal de valores, la sensibilidad, los deseos y los intereses que entran en juego en los hechos concretos.

En su libro “El formalismo en la ética y la ética material de los valores”, Max Scheler divide los valores en tres clases: sensoriales, vitales y espirituales. La felicidad es un valor espiritual y como tal está presente en lo sensorial de nuestro cuerpo, pero lo trasciende; y está presente en nuestro “sentimiento vital” y también lo trasciende e invade nuestra dimensión espiritual de la que dimana.

José Antonio Marina y Marisa López Peña definen así la felicidad: “El cumplimiento de nuestros deseos y proyectos provoca un sentimiento positivo intenso y duradero, que se experimenta como plenitud, porque no se echa en falta ninguna cosa” (2011, 443).

Desde su nacimiento, Jesucristo garantiza que es capaz de hacer que se cumplan nuestros “deseos y proyectos” más profundos, esenciales y plenificantes. A pesar de nacer en “un pesebre”, con las privaciones más increíbles, Él llenó de paz y alegría a María, su Madre, y a José, a los generosos pastores, pobres marginados, que acudieron y salieron del establo llenos de alegría y glorificando a Dios. El nacimiento de Jesús es motivo de felicidad porque Él ha venido para hacerse cargo de nuestras debilidades y necesidades: “Vengan a mí –decía– los que están cargados y agobiados que yo los aliviaré”. “No nos deja huérfanos” y se identifica describiéndose por sus obras: “Los ciegos ven, los sordos oyen, los leprosos son limpiados, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”.

Nos alegramos porque su propuesta es que seamos “bienaventurados”. Trae la “Buena Noticia”: “Dios es amor”, y nos propone la ley del amor.

¿Qué hizo feliz a Cristo? Lo dijo en la Última Cena: “Como mi Padre me ama, así les amo yo, permanezcan en mi amor. Les digo esto para compartir con ustedes mi felicidad, quiero que sean completamente felices. Permanecen en mi amor si cumplen mis mandamientos y este es mi mandamiento, que amen como yo les amo” (Jn 15,9ss). Cristo es feliz porque su Padre Dios le ama y porque Él nos ama como le ama Dios. Nos pide que permanezcamos en su amor, nos dejemos amar y nos amemos como Él nos ama.

Vivir el amor que Dios Padre y Jesús nos tienen y amar como Jesús son los motivos definitivos de felicidad.

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