La política de los hurreros

SALAMANCA, España. Me pregunto con frecuencia para qué vamos cada cinco años a las urnas a votar para elegir un presidente de la República si después la cosa se va a resolver quitando gente a la calle haciendo hurras al candidato que quieren imponernos o para sostener al personaje que interesa a un grupo de politiqueros porque de esas manos vienen los privilegios, las dádivas, los contratos, la concesión de licitaciones, etcétera.

Por una de esas ideas –irracionales, por cierto– que de pronto le asaltan a uno, un año atrás tenía la esperanza de que con la llegada de Abdo Benítez a la presidencia esa costumbre de hacer política en base a los hurreros, había terminado. Lamentable error. Apenas se pusieron las cosas difíciles debido a su mal manejo de la política y del poder que le daba el gobierno, se recurrió a esa detestable modalidad: sacar a los empleados públicos a la calle para hacerle hurras y aplaudir todo lo que dijera, estuviera en lo cierto o no, dijera la verdad o faltara a ella, tuviera razón o careciera de ella. Sería bueno que se le preguntara a esa multitud poseída de su fervor partidario, embebida de una fe inquebrantable en el gobierno, qué fue lo que dijo el Presidente en estas apariciones. Estoy seguro que nadie no retuvo ni siquiera una sola frase. Sólo les preocupaba en qué momento había que gritar “hurra” por si el jefe les estaba controlando.

Los empleados públicos están al servicio del país, es decir, al servicio de todos nosotros, no al servicio de un partido aunque desde hace varias décadas de hegemonía del Partido Colorado se crea que es así: que el partido que gobierna es el que les da el puesto y, por lo tanto, cuando las papas queman, hay que salir a defenderlo. Me pregunto yo si a esos empleados públicos que fueron arreados por lo menos dos veces en menos de una semana para apoyar a Abdo Benítez, se les dará permiso para abandonar sus puestos de trabajo, en horario laboral, para ir a darle su apoyo al candidato de cualquier otro partido político que no sea el gobernante. El despido será fulminante.

Nuestra manera de pensar ha sido distorsionada de tal manera por este tipo de prácticas aberrantes que ya ni nos asombramos ante tales extralimitaciones. Recuerdo que hace pocos años, cuando Enrique Riera era ministro de Educación, reunía a las supervisoras y les decía algo así como “aquí estamos todos entre colorados”. ¿Cómo sabía el ministro a qué partido pertenecían esas personas? ¿Y no se le caía la cara de vergüenza convocarles a una reunión para decirles que tenían que votar por este o por aquel candidato del partido?

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En uno de sus discursos pronunciados ante esta turba, Abdo Benítez dijo que acababa de vivir los “diez días más difíciles” de su vida. Nosotros, los ciudadanos de a pie hace décadas que vivimos los años más difíciles de nuestra vida porque somos humillados, escarnecidos, robados, postergados por un sistema político corrupto ante el cual no tenemos ningún tipo de protección ni de defensa. Y estamos hartos. La gente está harta de sufrir todos estos abusos y ya no nos convencen todas estas mentiras con las que pretenden engañarnos para seguir aferrados al poder. Ahora asistimos al naufragio de todo un sistema, una manera de hacer política, una manera de enriquecerse, una manera de vender el país, una manera de ejercer el poder. Pero el barco no soporta más. Por más que lo llenemos de hurreros ha comenzado a naufragar.

jesús.ruiznestosa@gmail.com

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