La delincuencia, y fundamentalmente la organizada, como es la que está manteniendo en jaque a la seguridad en nuestro país, no es resultado de la casualidad, ni surge de la noche a la mañana.
Es resultado de una acumulación de circunstancias y hechos, como la permeabilidad de las instituciones a la corrupción, el crecimiento de la marginalidad económica, la falta de perspectivas de miles de jóvenes que todos los años ingresan a las estadísticas de los que ni trabajan, ni estudian, y muchos de ellos empujados a las drogas cuando aún son adolescentes.
La gente se pregunta cómo es posible que un grupo de bandidos presos pueda poner en jaque a toda una sociedad. Los acontecimientos del jueves último hicieron correr en las redes sociales advertencias a la gente a mantener cerradas sus casas e incluso no enviar a los hijos a la escuela.
Tal vez porque está fresca en la memoria lo acontecido en Ciudad del Este, donde no hace mucho una banda de criminales prácticamente tomó por asalto la ciudad, y luego de lograr su objetivo salió tranquilamente sin que los organismos de seguridad atinaran a reaccionar.
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La población carcelaria aumenta a ritmo acelerado en nuestro país, al punto que no deberá sorprendernos que a este paso superen en número al de las fuerzas policiales de todo país. Jóvenes en las cárceles se mueren, literalmente, por formar parte de la membresía de grupos criminales violentos, con lo que, lejos de reencauzar, la situación en las cárceles tiende a agravar un estado de cosas ya de por sí complicadas.
El aumento de la inseguridad y la cantidad de delincuentes tal vez sea también por la superestructura política, económica y judicial que promueve la aparición de los cuchos, los Quintanas, Joselos, que nacen y crecen al amparo de la impunidad que les brindan los padrinos políticos.