A Stroessner no lo echaron, renunció

En un arranque de perspicacia, el presidente Abdo Benítez dijo a los periodistas que lo ocurrido el domingo en Bolivia no fue un golpe (de Estado) porque Evo Morales renunció, colocando la formalidad por encima de lo real.

Con la misma lógica, concluimos que lo ocurrido en Paraguay el 2 y 3 de febrero de 1989 no fue un golpe porque el dictador Alfredo Stroessner presentó su renuncia (convencido por los cañonazos).

Todos saben, y seguramente el mandatario paraguayo también, que en uno y otro caso y guardando las distancias, las renuncias fueron presionadas. Stroessner se fue, obligado por el levantamiento de los Carlos y los Víctor. En tanto, Morales recibió una “sugerencia” de los militares y el chantaje de la Policía, además de amenazas de muerte y la falta de garantías de la fuerza pública

La cuestión de fondo de cómo se llegó a la situación que motivó la abrupta interrupción de un régimen es algo que da lugar a discusiones. Dirimir las diferencias y retornar a un estado en el que sea posible la convivencia pacífica es algo que compete a los bolivianos. Solamente ellos tienen la vivencia de lo que ocurre. Muchos de los que opinan lo hacen en base a prejuicios, adversiones y análisis que difícilmente tengan en cuenta la realidad que solamente pueden percibir quienes viven allí.

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El tema de la formalidad democrática, de aquello que se presenta como algo que en realidad no es, no es nuevo en América Latina. Durante la larga dictadura stronista hubo elecciones, pero todos sabían que era una formalidad sin ninguna credibilidad por la falta de libertades públicas.

En estos tiempos que corren, se vio claramente que hablar de que un país es un ejemplo de democracia, como el caso de Chile, es un tanto engañoso. La fachada de los números macroeconómicos y de éxitos empresariales escondían otros datos sobre grandes desigualdades sociales que salen a la luz con violencia en estos días.

En el Paraguay, hay experiencia en cuanto a cuestiones que funcionan solamente en su aspecto formal. Se supone, por ejemplo, que tenemos un Poder Judicial independiente cuando, en realidad, sabemos que la injerencia política está muy presente y que no es igual el trato y la consideración que reciben personajes con poder que un ciudadano común.

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La caída de algunos peces gordos de la corrupción se debió últimamente a la mediatización de sus casos y, sobre todo, a la presión de la ciudadanía.

Hay muchos ejemplos en Paraguay de cuestiones que quieren esconderse detrás de la formalidad. Sin ir más lejos, Abdo Benítez podría decir que en nuestro país hay salud y educación de calidad, cuando en realidad solamente las hay para quienes puedan pagarlas.

No sorprendería escuchar que el mandatario diga que el expresidente Cartes, en 2017, desistió de la reelección vía enmienda constitucional porque se convenció de que la Constitución lo prohibía o que manifieste que en agosto pasado el cartismo lo salvó del juicio político por una cuestión de altruismo.

Suele ocurrir que los políticos, en sus discursos, quieran disfrazar algunas cuestiones graves que ocurren en el país y en la región. Aparentemente, están convencidos de que la ciudadanía no entenderá si es que ellos expresan sencillamente la verdad.

En estas situaciones, uno cae en la cuenta de la manera en la que el poder comienza a alejar a los políticos del sentido común y de la gente, a la que consideran ingenua, cuando no directamente estúpida.

Parecen no advertir que los únicos engañados son ellos mismos y que, a mediano o largo plazo, eso motiva la furia que arrasa con gobiernos, por más legales que sean, a través de los votos o con la movilización popular, tal como está ocurriendo ahora en algunos países de la región.

mcaceres@abc.com.py

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