La negligencia que nos mata

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No nos pueden sorprender el verano, ni el calor y las lluvias de estación, o la proliferación de mosquitos en la época. En enero de 2019 sabíamos que llegaría enero de 2020, que sería verano, que llovería y habría mosquitos por doquier. También el intendente de Asunción lo sabía. Y el de Ciudad del Este, el de Encarnación y el de Ñemby. Y el ministro de Salud, el de Educación, el del Ambiente, así como el Presidente de la República y todo el Poder Judicial.

Por esta misma razón, tampoco debería sorprendernos –pero duele profundamente– que estemos perdiendo hombres y mujeres de bien, afectados por el dengue. No es la enfermedad, sino la negligencia la que nos está matando.

Si bien la responsabilidad de mantener limpio el entorno en que vivimos es de todos y de todas, es el Gobierno nacional, el Estado, el que debe implementar políticas tendientes a que así sea. Solamente que esto no ocurre y es más fácil decir “la gente tiene la culpa” que asumir su negligente actuar.

Durante todo el año hubo patios baldíos usados como vertederos clandestinos, cubiertas viejas tiradas en las esquinas, piscinas sucias, viejos caserones abandonados, bolsas de polietileno, botellas y latas vacías por doquier. Incluso caños rotos que pierden líquido por cuadras. En julio pasado a nadie parecía importarle. Ahora, en un “esfuerzo conjunto”, funcionarios de municipalidades, gobernaciones y ministerios salen a limpiar todo lo que pueden, los jueces disponen allanamientos, el Ministerio Público imputa a los dueños (cuando los identifica).

Pero resulta que ese esfuerzo conjunto debe realizarse los 365 días del año. Las campañas de concienciación respecto a las bondades de mantener limpias las casas, los baldíos, los barrios, las ciudades, han de realizarse siempre. Las denuncias que hacen los vecinos deben atenderse siempre en las municipalidades y el Ministerio del Ambiente. La Fiscalía debe intervenir todas las veces.

No es cuestión de mingas en tiempos de epidemia. Los servicios de recolección de basura no sirven. Los arroyos están repletos de desechos, al igual que nuestras calles. No solo acechan los mosquitos, también hay ratas y cucarachas por todos lados. Es cuestión de asumir la limpieza como política de Estado. Y de eso estamos bien lejos.

El aumento de los casos de dengue también desnuda la poca calidad de los servicios públicos de salud. No puede sorprender hoy una epidemia advertida por el propio Ministerio de Salud en octubre. No deberían faltar médicos, sillas, camas, remedios.

Esta epidemia de dengue, que recién comienza, pone en evidencia las falencias de un Estado improvisado y negligente. Y es esa negligencia la que nos mata.

mariana.ladaga@abc.com.py