Inicio tormentoso de un año relevante

Las noticias relevantes de los últimos días en Paraguay, con trascendencia internacional, fueron que 75 presos, varios de ellos vinculados al crimen organizado, escaparon de la cárcel de Pedro Juan Caballero y que el presidente de la República Mario Abdo Benítez contrajo el dengue, una epidemia que asuela el país y abarrota los hospitales públicos y privados.

Ambos hechos, que no ayudan precisamente a promover el turismo, tienen lugar en momentos en que el Ejecutivo atravesaba un periodo de calma política, debido al receso legislativo y al “estate quieto” que la Justicia brasileña le dio al expresidente Horacio Cartes, quien lo tuvo en zozobra buena parte del año pasado.

El episodio de Pedro Juan Caballero revela sobre todo los límites del poder institucional y formal en el Paraguay.

Abdo Benítez no tuvo inconvenientes en admitir el fracaso y el bochorno (no utilizó ese adjetivo, pero no hacía falta porque de ello se encargó la prensa internacional). Ensayó, no obstante, un tibio auto-elogio y una queja de que la prensa no se hace eco de los “logros” en la lucha contra la corrupción.

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El mandatario prefirió olvidar que lo más notable en cuanto a la lucha contra el crimen organizado instalado desde hace tiempo en nuestro país provino de la investigación de la Justicia brasileña, por el caso Lava Jato, que motivó la detención del “doleiro” Darío Messer, “hermano del alma” del expresidente Horacio Cartes.

En cuanto a los logros de los que se jacta esta administración, es evidente que las acciones del Gobierno de Abdo Benítez en materia de lucha contra el lavado de dinero cumplen una agenda que el presidente y su equipo siguen, tal como se comprometió con el Departamento de Estado de los EE.UU. inclusive antes de ser electo para el cargo.

Sin embargo, este Gobierno arrastrará siempre la contradicción de tener a los enemigos más peligrosos en su propio patio.

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Causa perplejidad que cada tanto el presidente hable del combate contra la corrupción estando parado al lado o muy cerca de personajes políticos sospechados e investigados por la Justicia por hechos de deshonestidad en la administración pública, en el menor de los casos.

En la actual crisis penitenciaria, lo único “positivo” para Abdo Benítez es que sus adversarios políticos internos tienen otras preocupaciones de las que deben safar o saben muy bien que en las actuales circunstancias no les conviene tumbarlo a riesgo de instalar mayor inestabilidad.

El presidente tiene más o menos asegurado este año una continuidad con sobresaltos, en la medida que sigan surgiendo evidencias de su imposibilidad de hacer frente a algunos problemas.

Sin embargo, también este es el año en que llegará a la mitad de su mandato y se comenzará a hablar de su sucesión.

A diferencia de otros periodos, no parece que Abdo Benítez ocupe el estrado de “gran elector” que tuvieron otros mandatarios.

Pero tampoco, a esta altura, aparece ningún liderazgo, ni en el oficialismo ni en la oposición, siquiera naciente, que haga pensar en escenarios más o menos predecibles.

Es posible que esta ausencia de liderazgos vuelva sensatos a algunos dirigentes y opten por acordar realmente en base a programas de Gobierno a mediano y largo plazo.

No será fácil desmontar un sistema basado en la tolerancia a los corruptos propios y a la ilegalidad de los “amigos”, en una justicia con fallos a la medida de los padrinos de jueces y fiscales y en un Congreso de mediocres con ínfulas doctorales.

Se irá logrando en la medida que los ciudadanos y ciudadanas sean exigentes y se manifiesten, aunque sea con su voto, contra quienes mienten o demuestran sin ambages su incapacidad para ocupar los cargos que ostentan.

mcaceres@abc.com.py

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