Pasaron 31 años de la apertura democrática y sería bueno que la clase política y la ciudadanía hagan un análisis de luces y sombras de esta transición de tres décadas.
En primer lugar se recuperaron las libertades públicas, la libertad de prensa y de expresión. La ciudadanía recuperó sus derechos cívicos y humanos que fueron atropellados durante la dictadura, que con la propaganda de la Seguridad Nacional aplicó un sistema opresivo y despiadado contra los críticos y contestatarios al régimen de hierro.
En los últimos años del Gobierno dictatorial, el país estaba gobernado por lideres con pocas luces y con intereses mezquinos, que no supieron asimilar los acontecimientos de la historia como la apertura, transparencia y reestructuración en la Unión Soviética, así como en América y a nivel mundial.
La dictadura dejó al país sumergido en la ignorancia, en el atraso, salvo los funcionarios cercanos a Stroessner. Lastimosamente en esta transición la corrupción no se pudo frenar. Al contrario hizo metástasis, se generalizó y se institucionalizó en todas las esferas públicas, incluso en las calles.
Alimentado por la impunidad la corrupción que desangra al país, se convirtió como una actividad normal. Significa que en materia de institucionalidad y honestidad hemos perdido la batalla.
La responsabilidad cae sobre los políticos y las autoridades que fueron electas para hacer cumplir la Constitución y las leyes. Muchos perdieron la vergüenza; se volvieron prebendarios, clientelistas y vende Patria para el enriquecimiento en pocos años. Es decir, usan la misma metodología de la dictadura, aprovecharse de los bienes del Estado para beneficios personales y de grupos.
Como resultado tenemos una democracia endeble, un país con elevado índice de corrupción, con salud y educación por el suelo, sumado a la falta de conciencia crítica.