Los políticos y la pandemia

SALAMANCA, España. La proximidad cierta de la muerte hace que las personas se muestren tal cual son, desprovistas de esa personalidad inventada con que se han pavoneado a lo largo del tiempo. Es lo que sucede con la pandemia que estamos viviendo y que avanza con velocidad vertiginosa. Cada día no solo nos sorprendemos con las estadísticas de nuevos infectados y el número de muertos, sino también de cómo vamos descubriendo la verdadera cara de políticos y gobernantes.

Para no ir más lejos, días atrás se presentó el presidente brasileño Jaír Bolsonaro en Ponta Porã pidiendo que se abriera el paso con Paraguay, que era incomprensible que se cerrara una frontera a causa del coronavirus, que no había por qué asustarse, que no era tan grave como se decía y que pronto pasaría. Llama la atención este gesto, ya que Ponta Porã no cuenta en el mapa del Brasil ni mucho menos tiene la importancia necesaria para movilizar a un presidente de la República. Sin lograr su objetivo, Bolsonaro regresó a Brasilia y esa misma noche, después de escuchar la opinión de sus asesores, resolvió cerrar todas las fronteras. Esto no logró detener que la gente saliera a la calle pidiendo su renuncia por no proteger a la ciudadanía.

En el Reino Unido pasó algo más o menos parecido. El primer ministro Boris Johnson le restó importancia a la epidemia hasta que alguien le susurró al oído que si no se tomaban medidas urgentes y drásticas, el fatal virus podría dejar quinientos mil muertos en todo el reino. Entonces se apresuró a tomarlas con el agravante que hasta hace un mes, el Reino Unido era parte de la Unión Europea y tenía entonces 27 países socios dispuestos a darle todo el apoyo necesario. Ahora, después del Brexit, no es nada más que un vecino.

Donald Trump, que parece ser el hermano gemelo de Johnson, acostumbrado a negar todo lo que no le gusta ni favorece a sus intereses, comenzó negando la gravedad de la peste hasta que comenzaron a caer las primeras víctimas. Ahora, se ha dado cuenta que tiene enfrente a un enemigo que no puede doblegar con su soberbia y altanería y muestra su preocupación. Lo primero fue tratar de comprarle a un laboratorio alemán la exclusividad de una vacuna para ser utilizada solamente por los estadounidenses, cosa que felizmente no logró. Se volcó entonces a los laboratorios de su país urgiéndoles que tuvieran la vacuna antes de las elecciones lo que le daría el arma que necesita para ser reelecto, un sueño cada vez más lejano con una popularidad en franco declive.

En Paraguay no nos quedamos atrás. El diputado Édgar Ortiz, el que se destaca por querer castrar a los violadores y para ello propone que el país se retire del Tratado de San José de Costa Rica, se opone a la cuarentena, al cierre de fronteras y a la reclusión de la gente en sus casas porque el coronavirus no es nada más que una gripe fuerte. Dijo algo así que el índice de mortalidad “es solo del 3%”, lo que le parecía una bicoca.

Mientras en España, los separatistas catalanes y vascos creyeron encontrar en esta emergencia una excelente oportunidad para lograr sus fines, sin importarles la gravedad que ha alcanzado aquí la peste, con infectados y muertos que se están poniendo muy cerca de Italia, país que ya tiene más muertos que China, donde se originó el virus. Una dirigente, convertida hoy en eurodiputada, Clara Ponsati, a través de su cuenta de Twitter deseó que se murieran todos los madrileños, deseo que confirmó el expresidente catalán Carles Puigdemont, ambos huidos de España, requeridos por la justicia. Mientras, el actual presidente de Cataluña, Quim Torra, un hombre nada inteligente y carente de todo carisma, escribía a autoridades de la Unión Europea denunciando al gobierno de Madrid por no prestarles asistencia, cuando en realidad lo que le irrita es que el gobierno central no haga las cosas que ellos quieren. Y en el medio, estamos nosotros, simple mortales, a merced de un virus mortal, sin que le importemos a nadie.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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