Pese a las graves denuncias y frecuentes casos de abuso sexual y explotación laboral de niñas y niños, mal llamados “criaditos” en muchos hogares, esta práctica ancestral de utilizarlos como esclavos caseros sigue vigente. Estudios de instituciones serias vinculadas a la educación, a la niñez y a los derechos humanos han denunciado, una y otra vez, las distintas maneras en que los adolescentes son vejados sexualmente, maltratados y explotados en trabajos caseros o en fábricas clandestinas y, a pesar del público conocimiento, la sociedad y, especialmente, las autoridades hacen poco o nada para poner fin a este flagelo.
El abuso sexual de menores que trabajan como empleados domésticos es tan común que muchas personas ya ni quieren oír hablar del tema, se resignan a que “siempre luego fue así” y “pobre anga esas criaturas”.
No faltan los caraduras que pretenden justificar estas denigrantes acciones argumentando que hubo consentimiento de parte de las víctimas. El estupro (relación sexual con un o una menor de 16 años) siempre es culpa exclusiva del adulto. Jamás puede usarse como excusa la no resistencia de una adolescente con una mente confundida por el lamentable cóctel de inocencia, ignorancia y extrema pobreza. En su orfandad, desamparo y ante la presión patronal, tal vez reciba algún vaquero o celular usado para callar su humillación, pero eso no exonera de culpa a los abusadores.
Resulta muy difícil tratar de comprender la mentalidad de las familias en cuyo seno se violan tan impunemente los derechos básicos y la dignidad de los menores que, en principio, fueron tomados como si fuesen hijos adoptivos. Prometieron cuidarlos, alimentarlos y educarlos apropiadamente, pero en la mayoría de los casos tales compromisos nunca se cumplieron. Las niñas y los niños se convirtieron en simples trabajadores domésticos, con muchas obligaciones y ningún derecho.
Hablamos de familias integradas por matrimonios e hijos comunes y corrientes, que parecen tener valores, buena educación, que van a misa los domingos y, entonces, ¿cómo encajan ahí el maltrato y la explotación infantil?
Los siquiatras dirían que hay un trastorno profundo de personalidad en muchas familias: parecen pertenecer a la raza humana, digna y educada, pero en la intimidad del hogar y en la oscuridad de la noche, se convierten en animales despiadados que abusan de menores indefensos.
Que sea una consecuencia más de la situación de extrema pobreza de tantos compatriotas, es una explicación que no sirve para nada. La policía, los fiscales y jueces son quienes deben detener a las bestias, en tanto los vecinos estén alertas para denunciar a los lobos que destruyen la vida de tantos seres inocentes.
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