Alicia cumple 150 años

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SALAMANCA. Comenzó con un paseo en bote el 4 de julio de 1862, cuando Charles Ludwige Dodgson (1832-1898), profesor de matemáticas en el Christ Church College de Oxford (Inglaterra), fotógrafo aficionado y diácono de la Iglesia Anglicana, accedió contarles un cuento a las niñas, hijas de Henry George Liddell, decano del colegio en el cual enseñaba; vale decir, su jefe.

Con un amigo, Robin Ducksworth, planeó el paseo con las tres pequeñas: Lorina Charlotte, Alice Pleasance y Edith Mary. Pero no se trataba sólo de un paseo por el río, sino además Dodgson debía contarles un cuento. El jefe de la expedición se hizo rogar pues no tenía en mente ningún cuento en especial, por lo que decidió improvisar. Ese inicio está explicado en el poema que sirve de prólogo al libro: “¡Ah, las tres niñas crueles!, que al punto, / en la brisa soñolienta de la tarde, / demandan de mi débil aliento, / incapaz de levantar una pluma, / el placer de un cuento de hadas”.

Este es el origen de uno de los relatos más apasionantes del siglo XIX: “Alicia en el País de las Maravillas” cuyo bosquejo surgió en aquel paseo de 1862 y que a insistencia de la inspiradora del relato, la pequeña Alicia Pleasance, terminó convirtiéndose en libro que apareció por primera vez en 1865, es decir, hace 150 años.

El autor del relato, profesor de matemáticas, diácono de una iglesia, juzgó que era mejor ocultar su nombre bajo un nombre falso y firmó como Lewis Carroll. Ya de mayor y viviendo en los Estados Unidos, aquella mítica Alicia relató cómo surgió el libro: “El comienzo de ‘Alicia’ me fue relatado una tarde de verano cuando el sol pegaba con fuerza de modo que atracamos cerca de los prados, río abajo, salimos del bote y nos refugiamos en la única sombra que encontramos, la de un almiar que había sido levantado recientemente. Allí, las tres, mis hermanas y yo, pronunciamos la clásica petición: ‘¡Cuéntanos un cuento!” y el señor Dodgson, (es decir, Lewis Carroll) comenzó su relato”. (Ann Clark, “The Real Alice”).

“Alicia en el País de las Maravillas” se trata, sin lugar a dudas, del libro más subversivo que se escribió en el Reino Unido en plena época victoriana; un grito de subversión en medio de un puritanismo aplastante, de severidad en las costumbres, de normas de vida muy austeras donde la reina Victoria, siempre vestida de negro era su mejor símbolo. Quizá como reacción a ello y porque no tardaron en aparecer las teorías de Freud, el “complejo de Edipo” y una supuesta pedofilia, Dodgson, no Carroll, es decir, el hombre, no el escritor, fue poco menos que descuartizado por sus críticos que lo hicieron blanco de sus críticas, casi todas ellas mal intencionadas, basándose no sólo en la fascinación que le producía aquella niña que se aventuraba en el País de las Maravillas, y años después vivía otros episodios a Través de los Espejos, sino porque mostraba una marcada preferencia por hacer retratos de niñas.

Se olvidó lo principal: el sentido del libro en el que las convenciones de un mundo mojigato y gazmoño, hipócrita y severo, eran puestas patas para arriba donde la lógica perdía su esencia a causa de las maniobras de una niña responsable de tanto desorden cuando lo establecido era que se preparara para convertirse en una señorita educada, sumisa, figura pasiva del mundo victoriano. Creo que la fecha puede servir de pretexto para que nos unamos a la Liebre Marcera, al Sombrerero y al Lirón en su interminable fiesta de su “no-cumpleaños”. Después de todo son sólo 150 años.

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