Amor...didas

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Uno de los temas, amén del suertudo triunfo de Brasil ante Chile, que acaparó el Mundial de fútbol, y con más comentarios que la supuesta homosexualidad de un clérigo y la inseguridad que sigue imperando en el país, fue la mordida de Luis Suárez.

Quedó evidenciado que el deportista uruguayo juega con los dientes apretados, apretados en algún rival, claro. El hecho físico quedará para la anécdota, la cicatriz quedará para el defensor italiano Giorgio Chiellini, la sanción para el uruguayo y las bromas quedarán para los genios que navegan en las redes sociales. En el Paraguay solo quedará para recordar que somos los campeones en olvidar enseguida.

El hecho anecdótico sirve en este país para enriquecer alguna narración de casos similares. La mordida existe cuando la Controlaría de la República (DGCR) empieza a investigar solo a supuestos y no a los verdaderos evasores. Se habla de mordida cuando los caninos, molares e incisivos se instalan sobre alguien o su empresa y el grado de intensidad del mordisco o el de aflojar, dependerá de la reacción instantánea de ponerse al día con los impuestos o ponerse para el día y el mes de los inspectores.

La mordida también ocurre cuando algún intendente municipal o gobernador departamental no pasa la “cuota” pactada con algún parlamentario regional. Las trapisondas y las filosas dentaduras suelen quedar guarecidas en bocas herméticamente cerradas cuando los rumiantes de siempre mastican alguna podrida torta.

Toda denuncia de algún compañero de trabajo ante algún exigente jefe también es conocida como una mordida. En el idioma guaraní también tiene el mismo significado y valor el “escribir por la espalda” que se interpreta como la búsqueda de mejores horizontes para el que muerde. Eso suena como quedarse con la confianza del jefe sinvergüenza o tiene el tintineo de la devoción de algún otro corrupto director.

En México la mordida significa la coima que brilla en los diferentes niveles. Desde el policía que controla la calle o el tránsito hasta el más encumbrado político. Todos disfrutan de la mordida y son muy parecidos a muchos de nuestros políticos partidarios que se pasan mordiéndose entre ellos hasta el surgimiento de alguna postura para luego abalanzarse sobre el incauto que ose poner el dedo en la llaga. Luego de las elecciones el tiempo transcurre cariñosamente entre caricias y lengüetazos.

Como se ve en las redes sociales, una de las ventajas de lo ocurrido con el uruguayo resalta el jugar al fútbol y regresar con arañazos, marcas varias y mordidas como excusa valedera para la esposa. Queda en evidencia que el fútbol es amor, se juega amor…didas.

Supongo que la esposa o novia de Chiellini habrá visto la mordida, si no resultaría difícil no pensar que la marca no provenga de alguna garota de la calles de Natal, sitio donde se jugó el encuentro el martes 24 de junio. El año pasado Suárez, jugando en Inglaterra, dejó su sello dental en el brazo del defensa del Chelsea, Branislav Ivamovic, y en el 2010, el antebrazo de Otman Bakkal, del PSV de Holanda, fue receptor de otra mordida.

Otra mordida famosa ocurrió en 1997 cuando el boxeador Myke Tyson tiró sobre el ring un pedazo de oreja de Evander Holyfield. Tyson y Suárez deben ser contratados por alguna clínica odontológica a fin de certificar el eficiente trabajo bucal que ofrezca ese dispensario dental o venirse al Congreso paraguayo para instalarse en cualquier bancada partidaria como asesores de los mordiscos que ahí ocurren en casi cada sesión de los “honorables”. Estimo que el primero en ser mordido y rajar de ahí será el mismo Suárez ante la venenosa mordedura, la desbordada hambruna y la fina y felina dentición de varios congresistas.

Que lo digan los millones que muchos parlamentarios gastan por abrir la boca solo para morderse y para los bocaditos...