¡Así cualquiera!

El dantesco atentado a tiros en el que perdió la vida el miércoles último Jorge Rafaat Toumani (56), en Pedro Juan Caballero, por lo visto desinhibió a varias autoridades, como al flamante presidente del Congreso, el liberal y pedrojuanino Robert Acevedo.

Así como muchos otros, hasta hace poco el senador ni siquiera se animaba a pronunciar fuerte el nombre de Rafaat, pero ahora que está muerto se atreve a asegurar públicamente que era uno de los narcotraficantes más poderosos de la frontera.

Jorge Rafaat Toumani era un hombre público en Pedro Juan Caballero. Siempre se supo que andaba con un ejército de pistoleros detrás de él y que prácticamente era el dueño de la frontera.

Pero llamativamente nunca nadie se atrevió siquiera a insinuar y mucho menos a sospechar que era un narcotraficante. Más bien, lo calificaban como un próspero empresario.

Si Rafaat decía que se hizo rico vendiendo sus cubiertas para vehículos a 100.000 dólares cada una, todos le creían y no objetaban su palabra.

Pero ahora que lo eliminaron, resulta que todos ya sabían que Jorge Rafaat Toumani había sido era la peor escoria de la frontera, el narco más sanguinario, el verdadero patrón del hampa y casi un genocida. ¡Así cualquiera!

Así como todo el mundo ahora tiene la valentía de revelar las conexiones criminales de Rafaat, de confirmar sus tentáculos mafiosos, de acusarlo de despiadado, por qué no tuvieron ya antes las mismas agallas para denunciar lo que estaba pasando en Pedro Juan Caballero.

Es cierto, hablar en la frontera, contar algo que no se debe saber o delatar a un narco, casi siempre conduce a la muerte.

Exactamente lo mismo pasaba al otro lado de la frontera, en Brasil, cuyas autoridades también ahora por fin confirman oficialmente que Rafaat fue asesinado porque no dejaba operar a otras facciones criminales. Pero por qué Brasil tampoco nunca hizo nada contra él, si es que supuestamente sabían que era el amo y señor de la frontera.

Oficialmente, la justicia brasileña condenó a 47 años de prisión a Rafaat, pero a la vez le permitía responder al proceso en libertad. O sea, su causa era un verdadero chiste.

Entonces, por lo menos por coherencia o por dignidad, los mismos que antes callaban, consentían y hasta otorgaban impunidad a Rafaat con su silencio, ahora deberían ser menos hipócritas y no embanderarse con la muerte de uno de los últimos grandes patrones del hampa fronterizo, que ahora seguramente deberá erigir a un sucesor.

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