Así paga el diablo...

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Mucho polvo se levantó en el camino, a principios de setiembre, cuando los diarios españoles publicaron que la ausencia del presidente paraguayo Federico Franco de la Cumbre Iberoamericana era una de las condiciones impuestas por la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner para asistir a la reunión, que tendrá lugar en la ciudad española de Cádiz a finales de la presente semana.

Inmediatamente, el gobierno español desplegó una intensa campaña diplomática destinada a asegurar la presencia de la mandataria argentina y, por ende, garantizar que Franco no asistiera al evento, justamente el primero que se registrará bajo la administración conservadora de Mariano Rajoy.

Madrid no olvidaba el precedente inmediato de la cumbre anterior, celebrada precisamente en nuestro país, a la que faltó un número considerable de jefes de Estado, incluida desde luego la siempre evasiva señora Fernández.

En un intento por morigerar el descontento paraguayo, el presidente del gobierno español anunció rápidamente que se reuniría en New York con Federico Franco, en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a fin de aclarar la situación. En sí mismo, el gesto -pensaban los españoles- tenía que granjearles cierta simpatía de Asunción, ya que implicaba el implícito reconocimiento al nuevo mandatario, profundamente necesitado de apoyo en un momento de creciente aislamiento internacional.

Efectuado el encuentro entre Rajoy y Franco, vinimos a saber, solamente por boca de nuestras mismas autoridades, que el presidente paraguayo le habría propinado una soberana filípica al mandatario español, reprochándole el desaprensivo trato brindado a nuestro país, y exigiéndole un público pedido de disculpas por el desplante.

Según Federico y su canciller, José Félix Fernández, las excusas no tardarían en ser presentadas. Pero en este punto es donde nos encontramos ahora mismo: ni los perdones ibéricos llegaron ni estaremos presentes en la Cumbre Iberoamericana.

Desde luego, que los españoles prefirieran a Cristina en vez de Federico era algo que asombraba poco. Madrid tiene una necesidad imperiosa de recomponer las relaciones diplomáticas con Argentina, seriamente afectadas tras la decisión de la administración Fernández de Kirchner de expropiar el 51% de las acciones que la empresa española Repsol tenía en YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales). El gobierno de Rajoy pretende recibir una justa compensación por la arbitraria confiscación.

Con lo que los españoles probablemente no contaban es que la señora Fernández es una mujer impredecible y una política inaprensible, tradicionalmente conocida por su poco apego al cumplimiento de ciertos compromisos internacionales, ámbito en el cual, sin embargo, no logró nunca superar a su extinto esposo Néstor, quien descollaba en esto de desdeñar obligaciones contraídas con el resto del mundo.

Así que esta semana, a días de celebrarse el encuentro en Cádiz, doña Cristina informa que no asistirá a la Cumbre Iberoamericana por habérselo así “desaconsejado” los médicos presidenciales, para quienes “evitar el esfuerzo adicional en su agenda” y “el jet lag por la diferencia horaria con España”, se convirtió, de la noche a la mañana, en un asunto de crucial importancia para mantener incólume la salud de la mandataria.

Y llegamos así al final de esta lamentable historia de encuentros y desencuentros políticos a escala transatlántica. Ahora ya no es el mandatario de un remoto y enclaustrado país el que dejará de estar presente en la mentada cumbre de los iberoamericanos, sino también la cortejada presidenta de una nación de cierta resonancia internacional. Tengo para mí que Madrid hizo una apuesta equivocada. En fin, que ahora no se quejen; no podrán declararse sorprendidos. Es que, como dice el refrán popular, así paga el diablo a quien bien le sirve.