Bunge, el filósofo que no cede

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Con apenas 18 años fundó una universidad popular, estudió filosofía y ciencias físico-matemáticas, luchó contra el conservadurismo, se disputó intelectualmente con otros grandes como Karl Popper, combatió el dogmatismo religioso y el pensamiento pseudocientífico y lega una corriente filosófica, el realismo o materialismo emergentista. Se trata de Mario Bunge, quien hoy cumple 95 años de edad y de una pasión única por el conocimiento, entrelazado con la polémica intelectual que falta en las universidades del hemisferio y la apuesta por un humanismo crítico. A pesar de haberse jubilado a los 90 años, en la Universidad McGill de Canadá, sigue produciendo, debido a que su compromiso con la academia no respetó el paso el tiempo.

Cuando visitó el Paraguay en el 2013, Bunge se quedó encantado con la gente, dio ideas a los investigadores locales, disfrutó enormemente del surubí, de las chipas y de las frutas de estación, recordó su amistad con Popper y lo que le llevó al distanciamiento. También visitó San Bernardino y conversó con estudiantes universitarios. Y, como casi siempre lo hace, dijo que para llegar a la edad que tiene es recomendable “no leer a los posmodernos”. El pensador, que tiene más de 40 libros, traducidos a varios idiomas, recibió su último doctorado honoris causa por la Universidad Iberoamericana (Unibe) de Asunción.

¿Qué propone Bunge? Básicamente que la realidad puede ser entendida a través del método científico, reflexionando sobre los alcances de las investigaciones y su posterior utilización en la sociedad. Alerta del peligro de las pseudociencias, por considerarlas contaminación cultural y perjudiciales tanto para la economía como para la salud de las personas. Es durísimo con las universidades latinoamericanas que solo se encargan de ofrecer títulos en vez de producir conocimiento. También se opone, en filosofía política, al presidencialismo y aboga por un parlamentarismo racional. El filósofo es un ateo humanista, que no desaprovecha la oportunidad para gastar alguna broma a quien sea. Nunca escondió sus diferencias con otras corrientes filosóficas y eso le ha permitido el calificativo de intransigente, además de contundente. Es uno de los principales críticos del psicoanálisis freudiano, al que también considera como pseudociencia.

“La muerte no es un misterio para quien sepa algo de biología. La muerte no asusta a un ateo, porque sabe que nada podrá ocurrirle después de muerto. Lo único que podrá asustarle es una muerte lenta y dolorosa, pero la muerte asistida nos libera de este temor”, había dicho en una entrevista a este diario el año pasado. Su ateísmo no es de militancia, porque considera que hay que estudiar a las religiones y sacar a relucir las semejanzas entre creyentes y no creyentes, que, por ejemplo, tienen respeto por la vida del otro, cooperan, etc. Aboga, además, por la reconstrucción de la filosofía, que a su modo de ver se encuentra en crisis, fruto de la postergación y contaminación intelectual de las academias. También corta esa supuesta frontera que separa a la filosofía de la ciencia y las invita a colaborar mutuamente para que el conocimiento se vea enriquecido, por sobre todas las cosas.

Rechaza homenajes, trata de evitar a los políticos, es abstemio y a sus 95 años nos demuestra que la lucidez se mantiene con una buena filosofía. Bunge no es un mito ni un pensador a quien hay que idolatrar, sino un humanista comprometido con la nueva Ilustración, con la economía del conocimiento, con la generación que combate al dogmatismo y al oscurantismo. Es de esos filósofos preocupados por la misera y la ignorancia de la gente, pero que nunca tratará de imponer por la fuerza su punto de vista. Es, sin dudas, un pensador entero que ha podido conquistar la precisión y elocuencia para generar dudas e inquietudes en décadas de promociones de investigadores de distintas áreas. Lo más destacable, a sus 95 años, además de su obra, es el desafío que deja a la humanidad. Es un maestro.

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