La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre”.
El jíbaro moderno son hoy las redes sociales que nos han cerrado la boca. Esas redes nos llenan de amigos –algunos internautas tienen 300, 500, 1.000 amigos- y con ninguno de ellos abrimos la boca para que nos escuche. Están en algún lugar del planeta tierra, o en la esquina de nuestra casa -que lo mismo da- y no podemos abrazarlos. Sabemos que existen -y saben de nuestra existencia- solo porque desde algún lugar escriben cosas para que no se aburran. ¿Y cómo no han de aburrirse en la soledad de su habitación, donde no entra el ruido de la calle, las voces de la gente, el roce de una mano fraterna?
Recuerdo al gran mimo francés, Marcel Marceau, en una escena conmovedora. En su casa, ubicada sobre una calle muy populosa, entraban ruidos estruendosos que le atormentaban sin descanso. Para remediarlos, se aseguró de que las puertas y las ventanas estuviesen cerradas de tal modo que impidiesen la filtración del más mínimo zumbido. Los ruidos cesaron, y el artista exhaló un hondo suspiro de alivio. Se sintió feliz. Pero pasado un tiempo regresó el tormento, esta vez por causa del silencio. A la desesperada abrió puertas y ventanas y dejó que entrasen todos los ruidos del mundo: bocinazos, pregones, palabrotas, risas, gritos, cantos. Marcel Marceau se abrazó a ellos con fuerza como para no dejarlos escapar nunca más.
En tiempos del reinado absoluto de la televisión se la tuvo como causa del aislamiento de las personas, de su incomunicación, de su apego a la nociva fantasía de las telenovelas y de los anuncios publicitarios.
Esa adicción a la “caja boba” se trasladó a Internet y a las redes sociales, con las mismas consecuencias de la reclusión: el desconocimiento de lo que está próximo, de lo que está cerca, sean cosas o personas.
Nadie en su sano juicio -y yo lo estoy, o creo estarlo- se atrevería a poner en duda los incalculables beneficios de las nuevas tecnologías que nos facilitan la comunicación como nunca antes en la historia.
Hoy la “aldea global” es más aldea y más global que otras veces. El problema es que los vecinos de esta aldea –como los de Internet y las redes sociales- son amigos, sí, pero virtuales.
La amistad es presencia, proximidad –projimidad- es cercanía, estrecharse las manos, sentarse y charlar, escuchar, ser escuchado, compartir un café, un trago, una risa o un largo silencio que esconde, tal vez, una honda pena pero que entre dos, entre varios, con otros seres humanos a quienes vemos y podemos tocar, la tristeza es más liviana.
Sí, bien están los amigos virtuales -yo también los tengo- pero me hago de tiempo, con ganas, para confundirme en un largo y tibio abrazo con los amigos personales, de carne y hueso; en ese abrazo que solo se produce con la presencia física de la amiga o del amigo. Esa presencia que puede estar poblada de silencio, pero es distinto el silencio de las personas que se miran porque los ojos se llenan de palabras.
Yo no quiero un millón de amigos; quiero que la media docena sigan siéndolo como antes, como ahora, como siempre. Y también, desde luego, los virtuales pero a estos no los puedo abrazar.
Sí, definitivamente, la amistad es un largo y tibio abrazo.
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