Esta fiesta fue instituida por el Papa Urbano IV, en 1264, motivado por el milagro eucarístico de Bolsena (Italia), que se diera un año antes.
Era una reacción para afirmar la presencia real de Jesús en la Hostia consagrada, delante del error de aquellos que la negaban. Esta presencia real es muy clara considerando las palabras del Señor pronunciadas en la Consagración: tomen, este es mi Cuerpo, y tomen, esta es mi Sangre, la Sangre de la nueva y eterna Alianza, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados.
Para participar de tan grande privilegio el católico debe observar cinco condiciones, de modo que su comunión genere una actitud de más coherencia entre su fe y sus obras. Son ellas:
PLENAMENTE INCORPORADO: debe estar plenamente incorporado a la Iglesia católica, ya que hablamos de comunión, que es “común unión”, con Cristo y con los hermanos. Es el drama que afecta a los divorciados que se vuelven a casar. Y también de los que participan en sociedades más o menos secretas, que no aceptan la enseñanza de la Iglesia.
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ESTAR EN GRACIA: debe estar en la gracia de Dios, luchar constantemente contra el pecado y huir de las ocasiones próximas de pecado. La Iglesia recomienda, al menos una vez al año, acercarse al sacramento de la Reconciliación.
ESPÍRITU DE RECOGEMIENTO: al participar de la Misa es necesario respetar el ambiente, apagar el teléfono celular, atender para que niños no hagan mucho ruido. También llegar algunos minutos antes de empezar la celebración. Sería bastante útil leer en casa las lecturas del día, para entenderlas mejor.
OBSERVAR EL AYUNO: siempre se habla de una hora de ayuno antes de la comunión, para una participación consciente y una decorosa comunión. Toca también el aspecto de bebida y de ciertas diversiones.
ACTITUD CORPORAL: todo el cuerpo participa, sea cuando uno está parado, sentado o arrodillado. El silencio atento también es modo de participar. Participamos con las aclamaciones, los cantos y saludos. No se debe hacer gestos desubicados que distraen a otros, como mascar chicle, ni tampoco usar ropas inconvenientes.
Estos cuidados expresan un amor al Cuerpo de Cristo, un ejemplo para los demás fieles y posibilitan un especial placer en tomar parte de cada Santa Misa, ya que esta, cuando es debidamente respetada, fortalece nuestro espíritu, purifica nuestras emociones y origina una visión optimista de la vida.
Paz y bien
