Se presume que con más de 60 años las personas ya deben ser abandonadas en sus casas o, con más mala suerte, en algún asilo de mala muerte donde se supone que ya solo les queda esperar la muerte. A partir de los 60 pareciera que nos miran como si nuestra única obligación fuera la de deslizarnos por una especie de vida vegetativa donde molestemos lo menos posible.
En el caso de los niños, las crueldades son insospechadas. Bebés abusados, quemados, torturados; niños golpeados al punto de traumatismos craneanos, niñas violadas salvajemente… varios de ellos muertos. La sociedad transita frente a ellos con los vidrios altos, en una especie de convivencia con una realidad que suponemos –equivocadamente– sin remedio.
Las mujeres somos abusadas en muchos más sentidos que los laborales. Nuestro país exporta “ganado humano en pie”, del sexo femenino, una práctica animal con la que proveemos y abastecemos el mercado sexual internacional. Y no olvidemos a las violadas y torturadas, las que aparecen con frecuencia muertas pese a los avisos previos denunciados en comisarías. El “por algo luego fue” disfraza las ansias de una sociedad que justifica la muerte alegando que vestir como nos gusta o maquillarse más de la cuenta merece la muerte.
Y en este concierto de derechos de humanos abandonados, las personas con discapacidad son la tristeza que arrastramos como almas en pena, y no por los impedimentos en sí mismos, sino por el olvido estatal. Se sospecha que el 19% del país tiene algún problema vinculado a la discapacidad: alrededor de 1.300.000 paraguayos y paraguayos conllevan como pueden algún tipo de discapacidad con mayor o menor severidad.
Nuestro país carece de una cultura de contención para todos ellos. Somos miserablemente mezquinos a la hora de organizar sus espacios y contenciones físicas, síquicas y emocionales. Los arrinconamos despreciando sus necesidades porque creemos que al no verlos por arte de magia se esfumarán.
Teletón es, desde hace bastante tiempo, el balón de oxígeno al que centenares de familias paraguayas se aferran con desesperación para respirar. Cuando la luz se apaga, cuando la tristeza oscurece nuestros sentidos como padres y madres, cuando todo parece abandonarnos ante la desesperación de una realidad que no sabemos ni entendemos cómo manejar, allí está Teletón. Manejos claros y transparentes han sellado un emprendimiento que desde hace años se presenta como una opción que recauda para atender a muchísimas familias.
El próximo 2 y 3 de noviembre las miradas de miles de niños y adultos con algún tipo de discapacidad se tornarán hacia nosotros, una vez más, para decirnos que creen en nosotros… aunque con nuestras actitudes cotidianas les digamos que no creemos en ellos.
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