LA HABANA (AFP).Cuando Kennedy asumió la presidencia en enero de 1961, su predecesor, Dwight Eisenhower, y la CIA dirigida por Allen Dulles ya tenían previsto apoyar una intervención militar de exiliados cubanos para derrocar a Fidel Castro en Cuba.
Kennedy la autorizó con la condición de que no hubiera presencia directa estadounidense y unos 1.400 exiliados cubanos que habían sido entrenados en Guatemala desembarcan el 17 de abril en las playas de la Bahía de Cochinos, a menos de 200 km de La Habana.
En el mar, ocho cargueros están listos para consolidar la cabeza de puente. Pero los remanentes de la aviación de Castro, bombardeada dos días antes, alcanzan una nave y hunden otra. Los otros barcos se marchan.
En el cielo, los T-33 de Castro derriban a dos B-26 y cuatro pilotos estadounidenses mueren. La aviación cubana pierde cuatro aparatos.
En tierra, el efecto sorpresa es nulo: la invasión era “un secreto a voces”, dice el ministro cubano del Interior de la época, Ramiro Valdés, y 200.000 milicianos son puestos en pie de guerra, dirigidos por el propio Fidel Castro.
Los encarnizados combates duran dos días. Privados de apoyo, los “mercenarios” se rinden el 19 de abril. Hay 1.189 prisioneros y 107 muertos en sus filas, y 161 muertos en el lado castrista.
Los prisioneros son exhibidos en la televisión. Cinco oficiales fueron ejecutados, nueve condenados a 30 años de prisión y los otros liberados en diciembre de 1962 a cambio de 53 millones de dólares en alimentos y medicinas.
En La Habana, Castro canta victoria: “Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices, y que hayamos hecho una Revolución Socialista, en las propias narices de los Estados Unidos”, dice al proclamar por primera vez públicamente el carácter “socialista” de su revolución.
En Washington es el desastre. “La invasión fue uno de los mayores errores estratégicos de EE.UU. en el siglo XX, al reforzar el control de Castro sobre Cuba y asegurar la permanencia de su revolución y ayudarlo a empujarla al campo soviético”, resumió el historiador Richard Gott.
Este acercamiento de Cuba a la Unión Soviética conducirá, 18 meses más tarde, a la crisis de los misiles. Washington consolidó su embargo económico contra Cuba y la CIA continuó puliendo sus planes anticastristas.
