Y es que la realidad que hace rato se asomó en el horizonte fronterizo, ahora ya está en la puerta causando estragos. El fabuloso comercio de frontera que algunos llaman triangulación comercial, llegó a su fin.
No desaparecerá evidentemente en su totalidad, pero ya no se podrá vivir a cuerpo de rey en la frontera solo trayendo productos de China y revendiendo a los brasileños. O falsificando productos originales en algún depósito clandestino de Hernandarias o Ciudad del Este, y estafando a los incautos “rapai”.
Lo que está pasando en Salto del Guairá es una realidad lacerante. Miles de compatriotas están abandonando la ciudad porque la crisis brasileña acabó con nuestro carnaval, que ya duraba casi 10 años.
De la “España’i de Paraguay” que alguna vez lo fue, ahora Salto más se asemeja a una especie de Siria’i de América de donde todos corren despavoridos hacia cualquier lado, porque el generoso comercio que les atrajo cayó. ¿Y qué hacen nuestras autoridades al respecto?
Están ahí, llenas de ideas fabulosas que no resisten al más mínimo cuestionamiento. Unos van a traer maquila, otros una docena de fábricas de cualquier cosa y el resto va a construir la costanera y unas que otras obras faraónicas más.
La verdad es que Salto deberá —una vez más— empezar de cero. Los comerciantes y trabajadores golondrinas se irán de vuelta y quedarán aquí aquellos que ya casi casi son unos mariscales de la crisis, sobreviviendo a como dé lugar.
Mientras no tengamos un plan de desarrollo sostenible de al menos 50 años, que se siga al pie de la letra, estaremos siempre en lo mismo. La crisis llega cuando menos se lo espera, pero salir de ella no es fácil y deja graves consecuencias, cuando se depende neta y exclusivamente de una economía ajena, en nuestro caso la del Brasil.
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