En una conferencia de prensa le pregunté por qué no rendía cuentas del dinero de esa oficina. Con mirada desafiante me respondió: “¿Por qué tengo que rendir cuentas a nadie de lo que hacemos con nuestro dinero?”. Le respondí: “Señora, no es su dinero; es el nuestro, el que aportamos a través de nuestros impuestos”. El intendente de entonces, Pereira Ruiz Díaz, que era un hombre correcto y ecuánime, tuvo la inteligencia de enviar a su secretario, uno de los hermanos Chaparro, con un tubo de valium que prestó muy buen servicio. Desde ese entonces a nuestros días las cosas no han cambiado mucho. El actual intendente, Arnaldo Samaniego, no ha logrado entender todavía, entre otras cosas, que el dinero que utiliza no es suyo, sino nuestro, el que aportamos los contribuyentes.
Perdí el aliento al ver una recreación fotográfica de su nuevo proyecto: modificar el monumento que corona el cerro de Lambaré, retirar la escultura de la Paz Victoriosa y poner allí una imagen de la Virgen de la Asunción. Es bueno que el intendente se dé por enterado de que en Asunción (y en el país entero) viven (en orden alfabético): agnósticos, anglicanos, ateos, budistas, católicos, evangelistas, judíos, luteranos, masones, menonitas, mormones, musulmanes, sintoístas, protestantes, testigos de Jehová, uteriano y si me salto una secta, que me perdonen. ¿Estarán todos ellos de acuerdo en que su dinero se destine a un monumento exclusivamente católico? Suponiendo que los católicos sean mayoría frente a todos los otros grupos no podemos seguir actuando movidos por la idea de que “la mayoría manda” (no gobierna) y las minorías deben soportar, eso sí, democráticamente, la opresión tiránica de esa mayoría.
Podría insistir que de acuerdo a nuestra Constitución el Estado paraguayo es un Estado laico, pero, como lo dije hace un par de semanas, este es un concepto que no les ha entrado en el caletre a nuestras autoridades. Hasta llegaría a sospechar que lograron blindarse el cerebro de modo que ningún concepto nuevo, ninguna idea, pueda hacer mella en ese territorio virgen, impoluto.
No soy partidario de la fórmula. ¿por qué hacer tal cosa cuando hay otras que son más importantes?
Para unos y otros siempre hay cosas más importantes. En este caso; sin embargo, deseo preguntarle al intendente si está seguro que encarar una obra faraónica, inútil y sin ninguna trascendencia más que para su propio ego, no encuentra que haya otras necesidades, otras urgencias. ¿No sería mejor crear un sistema que nos dé algún tipo de seguridad a los ciudadanos de a pie que no podemos utilizar la ciudad a causa de la delincuencia? ¿No podría hacerse algo para no ser asaltados un día sí y otro también por ese sindicato de delincuentes que se hacen llamar “cuidacoches” que antes que cuidarlos se convierten en la principal fuente de peligro? ¿No podrían mejorar los semáforos a los que siempre les falta una luz porque se quemó el foco; con frecuencia los tres y ni qué hablar cuando los de una esquina dan verde o rojo a ambas calles? ¿No podría crearse un sistema de control de emisiones de gases venenosos de los escapes de los automóviles que, de seguro el intendente no sabe, son cancerígenos?
Las necesidades, las urgencias del ciudadano, pueden llenar varias páginas. Para abreviar ¿creerá el intendente Samaniego que por poner una estatua de la Virgen de la Asunción la cumbre del cerro Lambaré se convertirá automáticamente en una sucursal del edén al que no se puede acceder por el peligro cierto de ser asaltado, maltratado, acuchillado, por las pandillas que desde hace tiempo operan en el lugar? El intendente Pereira Ruiz Díaz enviaba a su secretario con el valium necesario para tranquilizar a sus funcionarios. Pero cuando el problema es el propio intendente, ¿a quién enviamos?
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