Don Fabrizio

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“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. “¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado”. De la novela “El gatopardo” del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957), que dio pie a la frase utilizada en política, el gatopardismo o cambiar para que todo siga igual.

Es interesante recrear la historia que relata Di Lampedusa en su novela para comprender el sentido de esta estrategia política. El gatopardo narra las vivencias de Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, entre 1860 y 1910, en Sicilia.

En 1860 con la llegada de José Garibaldi a Sicilia, Don Fabrizio ve desde la distancia y con melancolía el fin de una época. La aristocracia, a la cual representa, comprende que se aproxima el final de su hegemonía y que llegó el momento de que se aprovechen de la situación política los burócratas y una nueva clase social emergente.

Pero Don Fabrizio se tranquiliza viendo que su sobrino, a pesar de combatir en las revolucionarias filas garibaldinas, busca también aprovecharse de la situación. Cierto día llega un funcionario para ofrecerle la posibilidad de ser senador del nuevo Reino de Italia, oferta que rechaza alegando que está muy ligado al régimen antiguo. “Algo debe cambiar para que todo siga igual”, le respondió.

Viene al caso respecto a la supuesta reforma electoral en propuestas cruzadas entre el Congreso y el Tribunal Superior de Justicia Electoral, como si fuera una competencia de verdad entre dos instituciones preocupadas por impulsar una reforma para cambiar la calidad de la democracia.

Sin embargo, la supuesta reforma planteada por ambas partes no recoge los cuestionamientos críticos sobre excesivo subsidio a los partidos y candidaturas, no exige rendición de cuentas capaz de terminar con la corrupción de las campañas electorales, no mejora la calidad de la representación mediante la eliminación de listas sábana y no ofrece garantía real de participación a la ciudadanía no prebendaria.

En resumen, la clase política no aprendió nada de la sociedad en un cuarto de siglo de transición, y lo que es peor aún, creo que tampoco la sociedad paraguaya supo utilizar todos los resortes de participación política que otorga la Constitución y las leyes para mejorar la democracia. Realizó demasiadas concesiones a los políticos; ¿tiene que ver con esto el dinero entregado del presupuesto a fundaciones y las ONG como supuestas representantes de la sociedad civil? No sé… ¿por qué no?

Una reforma electoral acorde a los nuevos tiempos pasa por una reforma política que implica la posibilidad real de sanear los partidos políticos, de liquidar las élites corruptas que las manejan y controlan; de que los ciudadanos participen democráticamente en la formación de sus autoridades partidarias, y que estas actúen como faros de orientación ideológica y doctrinaria en vez de comportarse como el sobrino de Don Fabrizio, que se aprovecha de la coyuntura, despreciando principios y doctrina de su partido.

Con partidos democratizados y éticamente presentables, será necesario consolidar la elección directa, pero con listas abiertas y desbloqueadas para impulsar la competencia entre los mejores y para evitar la formación de nuevas roscas hegemónicas y corporativas en los partidos.

Las urnas deben ir a los electores, hasta las compañías y barrios, castigándose sin piedad las prebendas, como por ejemplo el pago de transporte y comida a los electores, inclusive el reparto de dinero y víveres. Los subsidios estatales solo deben ser para pagar los mínimos costos administrativos de las campañas y los partidos deben sostenerse modestamente con el aporte también limitado de sus miembros.

Sin estos elementos básicos, no se puede hablar de reforma electoral sin recordar la experiencia de cambio de Don Fabrizio.

ebritez@abc.com.py