El carnicero de Lisboa

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SALAMANCA. “Soy la nieta de Rui Luis Mendes. Estuve en su entierro y no entendí por qué nadie lloraba. Después me enteré que se le conocía como ‘el carnicero de Lisboa”. Al espectador, al menos a quienes conocieron los métodos brutales de las dictaduras, se le hiela la sangre. La escena pertenece a la película “Tren de noche a Lisboa” del danés Bille August que se acaba de estrenar en España. Está basada en una novela compleja y cautivante: “Tren nocturno a Lisboa” de Pascal Mercier que a través de un laberinto de situaciones hurga en los años nefastos de la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar que tiranizó Portugal desde 1932 a 1968.

Novela dentro de una novela, Raimund Gregorius, profesor de lenguas clásicas en Berna, descubre la novela de un escritor portugués, Amadeu Inacio de Almeida Prado, y, atraído por una fuerza obsesiva, se marcha sorpresivamente a Lisboa donde irá desentrañando la vida de Amadeu que es escritor y al mismo tiempo protagonista de ese segundo relato.

Hijo del presidente de lo que sería para nosotros la Suprema Corte de Justicia, Amadeu se rebela no solo contra la tiranía de Salazar, sino también la de su propio padre y pronunciar el discurso de graduación de su colegio sintetizando sus ideas, sus expectativas, su estética, su ética:

“No quisiera vivir en un mundo sin catedrales. Necesito su belleza y su carácter sublime. Las necesito frente a la ordinariez del mundo. Quiero mirar a través de los resplandecientes vitrales y dejarme obnubilar por esos colores no terrenales... Pero existe también otro mundo en el que no quiero vivir: el mundo en el que se nos exige mostrar amor a los tiranos, a los pederastas y asesinos, no importa que los pasos brutales de sus botas resuenen en las calles con un eco ensordecedor, ni que ellos, con silencio felino, como sombras cobardes, desfilen por las calles clavando en el corazón de sus víctimas las relucientes hojas del acero” (Pascal Mercier, “Tren nocturno a Lisboa”, Ed. Austral, Madrid 2008, pp. 208. 209).

A través de quienes sobrevivieron a los crímenes de la dictadura de Salazar, el relato va reconstruyendo la lucha por la libertad, el precio que debieron pagar por defender unos ideales y la brutalidad con que fueron reprimidos. Rui Luis Mendes, “el carnicero de Lisboa”, tortura a João Eça, pianista como pocos, buscando el nombre de la joven que conoce, de memoria, los nombres, las direcciones y los teléfonos de los conspiradores. Al no lograr la información deseada, con un martillo de metal, de los que se usan en la cocina para macerar la carne, le rompe todos los dedos inutilizándole, para siempre, las dos manos.

Ante esta película (y la novela) se me plantea la misma vieja, eterna pregunta: ¿por qué la dictadura que vivimos en Paraguay, más larga que la de Salazar, igual de cruel y despiadada como ella y varias otras, no ha sido hasta el momento motivo de atención por la literatura? No me refiero a un relato histórico, sino a algo más profundo porque la literatura es la única capaz de poder narrar los hechos, como lo hace la historia, pero también interpretarlos, bucear en ellos, intentar explicaciones, plantear preguntas, proponer respuestas.

Ante ese silencio, este desinterés, se me ocurre pensar que, o la gente se olvidó de aquellos años brutales o bien seguimos viviendo de la misma manera con la diferencia de que si llaman a nuestra puerta a la madrugada es el chico del periódico, o el lechero, y no la temida camioneta roja de la policía. Se hace muy duro pensar que aquellos años no dejaron ninguna marca en la gente. Si no quedaron rastros es que somos tan insensibles como el agua o la piedra. Si quedaron marcas y no podemos exteriorizarlas, es que estamos muy enfermos.

Tal vez tengamos que esperar 150 años para que un Roa Bastos del futuro resucite la figura del tirano, pero hasta entonces no podemos permanecer callados porque esto querrá decir que el dictador que nos amordazó durante más de cuarenta años, salió triunfante al seguir amordazándonos incluso después de su muerte.

jesus.ruiznestosa@gmail.com