El derecho a la pileta

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Los niños del barrio La Chacarita que se refrescaron en la plaza Juan de Salazar, en pleno centro, dejan un mensaje valioso y claro respecto a la eterna falta de políticas públicas de salud y entretenimiento que existe, principalmente para la gente de bajos recursos económicos.

Los informes dicen que avanzamos, pero los niños pobres no tienen acceso a nada. Una política pública enfocada en el problema da una respuesta pensada, planificada por parte del Estado para brindar desarrollo y bienestar social. En esta programación y acción sobre las necesidades de la población deben colaborar no solamente políticos sino una serie de profesionales como psicólogos, economistas, sociólogos, administradores, trabajadores sociales, ingenieros, arquitectos..., es decir, es un trabajo interdisciplinario. Todo eso precisamos para crear centros de esparcimiento. Nuestro país tiene inmensa mayoría joven y esto va en alza, sin embargo prevalece la ausencia brutal de voluntad política para crear sano entretenimiento. “¡Qué dirán los turistas!”, decía un lector sobre los pequeños chapuceando en la fuente. No veo nada horrible, al contrario, dan un aire de alegría. En todo caso, debiéramos ser los ciudadanos residentes quienes tenemos que espantarnos por no estar organizados para exigir la inversión del presupuesto en bienes y servicios populares. Aquí hablamos de piletas públicas, algo que no figura ni de rebote en los planes de salud nacional. El deporte es muy importante para convivir pacíficamente. Dichosos aquellos paraguayos que disfrutaron de los ríos y arroyos que refrescaban nuestra tierra antes del exterminio de los bosques paradisiacos; millones de estas familias campesinas han migrado a Asunción y soportan el calor y las enfermedades en medio de la pobreza, el olvido y la discriminación. Los niños que entraron a la fuente pública se manifiestan de esta manera y hacen muy bien porque subrayan la urgencia de las piletas, algo que en este país tropical no debe considerarse un lujo. Hablamos del trabajo conjunto, pero sin comunicación institucional es imposible que los nuevos ministerios, las municipalidades y gobernaciones se dignen a pensar en construir estos centros de recreación.

Ir a nadar es un sueño para todos los niños, sin excepción. “Yo le pedí a mi papá una pileta –me decía un Juancito de la calle, mientras se agachaba y me dibujaba con un palito en la tierra–, pero yo quiero esas que están adentro del suelo”.

Dentro de poco, como cada año, subempleados coparán las veredas con piletas y salvavidas chinos para recordarnos la falta de clubes polideportivos para la comunidad. Por esto también la diversión joven es salir a reventarse en moto, girar por centros de compra o vegetar borrachos en una esquina.

La vida social saludable debió haber sido la plataforma política más votada, pero no figuró en uno solo de los tantos discursos salvadores.

Tal como edificios monstruosos adquieren inmediata concesión por parte de las autoridades, queremos rapidez del Estado para darnos la retribución de nuestros impuestos en bienes y servicios accesibles. Toda institución pública puede autoabastecerse, mejorar cada día y multiplicar sus beneficios si mantiene la línea de transparencia corporativa y si los usuarios combaten la corrupción mediante –y aquí sí va esta palabra– el empoderamiento. Cuanto más la consideremos de todos, más se cuida y se conserva su función.

Los niños de La Chacarita se las ingeniaron para paliar un día de calor abrasador. Para ellos, contra toda ley, las piscinas públicas siguen siendo las fuentes de la plaza, los charcos y ríos contaminados.