El Reino Unido y la Unión Europea

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El referéndum en el que los ingleses votaron en favor de que el Reino Unido de Gran Bretaña se separe de la Unión Europea, en verdad no solo ha conflictuado a Europa, sino que ha tenido un amplio efecto negativo para todos los países del mundo.

Desde mi punto de vista, la ciudadanía inglesa ha tomado una decisión equivocada, que perjudica a todos; un error histórico que daña a Europa, por supuesto, pero sobre todo perjudicial para la propia Gran Bretaña. Se trata de una regresión hacia el pasado de un país que, como Inglaterra, tantas veces en la historia se adelantó al mundo con su visión de futuro.

De hecho la Unión Europea ha sido, y espero que continuará siendo, el más importante avance político y económico del siglo XX, uno de los hechos más relevantes de la historia reciente, aunque solo sea porque, con la conformación primero del Mercado Común Europeo, y después de la Unión Europea, se desactivó cualquier hipótesis de conflicto armado y cambió radicalmente la relación entre los países miembros, que dejaron de ser adversarios irreconciliables para convertirse en socios y compañeros de ruta imprescindibles.

Quienes conocen a fondo la política inglesa afirman que ni los propios impulsores del ‘Brexit’ (apócope que se traduciría “Bretaña sale”) querían en realidad romper con la Unión Europea y, por otra parte, no son pocos los comentaristas que afirman que la Unión Europea es en parte responsable de la victoria del ‘Brexit’, por su excesos burocráticos y su falta de flexibilidad ante las peculiaridades de los distintos países.

Todas estas reflexiones tienen su parte de razón y seguramente las instituciones europeas deben hacer autocrítica y asumir su parte de responsabilidad, pero todo esto me parece poco significativo comparado con los grandes logros de la Unión Europea.

Es un logro de enorme importancia y sin precedentes haber desterrado las guerras, durante más de sesenta años, haber restañado los resentimientos de adversarios históricos y convertido en insignificantes las fronteras, pero no es ni mucho menos la única innovación revolucionaria que supuso la Unión Europea.

Los criterios que aplicó la Unión Europea para convertirse en lo que es son exactamente todo lo contrario que los que utilizaba la tradición imperialista: en lugar de avasallar, integrar; en lugar de esquilmar a los países más débiles, ayudarlos a fortalecerse; en lugar de aplastar la economía de los demás para fortalecer la propia, convertir a cada país en una palanca que impulse el desarrollo de todos.

Es difícil encontrar en la historia proyectos políticos y económicos que, con una visión tan lúcida y que parten de la base de que la cooperación y la interdependencia, constituyen un proyecto político mejor que la confrontación.

La Unión Europea es sin duda uno de ellos y esa visión obliga a los países más ricos y poderosos a ser generosos con los países menos afortunados. De hecho los países más prósperos de la Unión Europea tuvieron que hacer sacrificios económicos, a medida que se fueron integrando países menos desarrollados, para impulsar y la economía de sus nuevos socios. Esa generosidad ha sido la clave de sus éxitos.

Cuando hablo de generosidad no estoy sugiriendo que los países europeos sean especialmente bondadosos, sino a que, arrasadas por persistentes y sangrientas guerras, esas naciones tuvieron la visión de futuro suficiente para entender que se estaban destruyendo y que el único camino para evitarlo era crear unos lazos de colaboración e interdependencia tan fuertes que hicieran imposibles las guerras.

Han sido esa visión de futuro y esa voluntad política de crear intereses comunes más poderosos que los motivos de conflicto las que han faltado en nuestra región. La mentalidad obsoleta de unos nacionalismos malentendidos (que suman a la soberbia de menospreciar a los demás países a la aspiración imperialista de someterlos), que han mostrado Argentina y, sobre todo, Brasil han sido la causa del fracaso del Mercosur.

Hoy por hoy ni los adversarios del “Brexit” ni sus partidarios parecen saber muy bien qué hacer con el resultado del referéndum, porque a corto plazo supone muchísimos inconvenientes económicos y sociales para Gran Bretaña. Hasta parece posible a algunos analistas que la separación nunca llegue a producirse.

Personas mayores y sectores rurales fueron los principales votantes de la separación, los jóvenes se opusieron. Irlanda y Escocia votaron en contra y se oponen tenazmente a la ruptura con Europa. Hasta se habla de repetir el referéndum. Ningún grupo político quiere hacerse cargo de administrar las consecuencias económicas y sociales negativas del ‘Brexit’.

En palabras del europeísta británico Chris Patten: “Muchos de los que fueron alentados a votar, presuntamente, por su ‘independencia’ hallarán que en vez de ganar libertad perdieron el empleo”. Agrega Patten, citando a Churchill: “El problema con el suicidio político es que uno queda vivo para lamentarlo”.

No sé si será un suicidio político de los impulsores del ‘Brexit’ y de los gobiernos a los que les toque administrarlo, a medida que los votantes vayan tomando conciencia de las consecuencias de abandonar la Unión Europea. De lo que sí estoy completamente seguro es de que han cometido un gran error, porque en un mundo cada vez más conectado, cada vez más globalizado, cada vez más interdependiente, el futuro no está en el aislamiento, sino en la integración.

rolandoniella@abc.com.py