Entre disléxicos e ignorantes

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Dos visibles y groseros errores ortográficos –muchos dijeron un “horror”– se deslizaron esta semana en dos documentos presentados al Congreso de la Nación en la Honorable Cámara de Senadores.

En el orden del día donde debía decir “sexto punto” estaba escrito “secto punto” y en otro documento en lugar de “sábado”, decía “savado”.

¿Error de tipeo o de ortografía? Tratándose de la Cámara de Senadores y de empleados públicos –sin desmerecer a los buenos funcionarios– lo más probable es que sea un error de ortografía congénito, por así decirlo. Quien lo cometió lo aprendió así en la escuela o nunca captó cómo se utilizan las consonantes.

Ningún parlamentario se percató, aunque los materiales se hayan proyectado en pantallas gigantes. ¿O están muy acostumbrados a estos errores que ni les importan, o definitivamente, nadie se dio cuenta?

En junio de este año también aparecieron errores en pasacalles del Ministerio de Educación y Cultura que promocionaban la “Primera Feria de la Escuela Pública”, organizada por el entonces ministro Víctor Ríos. Aunque la frase no era larga contenía varias falencias: mala acentuación, adverbios utilizados incorrectamente y mal uso de preposición. En lugar de decir “sabías” decía “sabias”.

Parecería una minucia, pero los errores ortográficos –más aún en documentos oficiales– son de pésimo gusto y denotan pobreza en cuanto a la formación, aparte de denotar falencias en el aprendizaje. Un simple acento marca la diferencia entre un verbo y un adjetivo y cambia el significado de la palabra.

Esa vez el ministro Ríos había admitido que “el sistema educativo y la sociedad tienen dificultades con la ortografía”. Propuso que el MEC pensara en un “Plan nacional de ortografía” para trabajar la calidad de la escritura.

Habría que plantear seriamente el plan y empezar por los poderes del Estado, pues cuántos decretos del Poder Ejecutivo, cuántas sentencias de la Corte Suprema y, ni qué decir, expedientes judiciales podrían estar plagados de este mal endémico.

Muchos de nuestros padres no tuvieron la oportunidad de realizar la secundaria y habiendo egresado de la primaria en los años 50 o 60, aprendieron en pizarrón y con tiza a escribir perfectamente. No necesitan computadoras con corrector ortográfico.

El lenguaje de los documentos públicos es la carta de presentación de un país.

Unos años atrás el periodista argentino Mario Diament se mostraba preocupado porque la “sociedad del zapping” afectaba enormemente la facultad de redactar.

Ahora, con el avance del chateo y los tweets, el correcto uso del lenguaje va sumando las de perder.

Una verdadera generación de atrofiados mentales y analfabetos funcionales socava nuestro lenguaje. Y nada menos que desde los poderes del Estado.