¿Es posible matar los piropos?

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“Adiós corazón de arroz, el año que viene me caso con vos”, dice él. “Adiós corazón de arroz, la semana que viene ya me caso con vos”, responde ella, irónica.

“Adiós corazón de arroz, esto que me cuelga es para vos...”. En este caso, las respuestas pueden ser variadas: “Tus piropos sin caramelo me resbalan”, “Zafado, atrevido, maleducado”, “Guarango, andá piropeale a tu abuela...”.

Un juego de palabras, de frases, de gestos, metáforas, en fin. ¿Qué hombre no ha dicho algún piropo alguna vez y qué mujer no lo ha recibido? Unas se sonrojan, otras sonríen, otras se enojan. Y luego comentan entre sus amigas.

Es que los piropos son lisonjas, vale decir una “alabanza afectada, para ganar la voluntad de alguien”, según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua y deben ser entendidos como tal. Ni más ni menos. Humor, picardía y travesura son siempre los condimentos de un piropo lanzado al aire al paso de una dama. De ahí a que ella acuse recibo es otra historia.

Un piropo puede ser una simple palabra, un silbido armonioso, una peculiar frase o un informal phsss, phssss... Puede surgir de un grupo de estudiantes universitarios, compañeros de fiesta, una ronda de tereré, trabajadores, oficinistas y albañiles, choferes y babosos. Pero no todos saben recitar un poema de Ortiz Guerrero, Bécker o Espronceda.

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Hay piropos dulces y groseros, melosos y zafados, chabacanos e intelectuales, vulgares o poéticos. Ahora bien, ¿hasta qué punto un piropo lanzado al aire puede ser considerado “acoso callejero”, como lo plantea el proyecto de ley integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres basada en asimetrías de género? Incluso, la era digital lleva el tema al plano del “acoso telemático”.

¿Cómo diferenciar un piropo de una ofensa? ¿Cómo probar la intencionalidad de quien lo haya lanzado? ¿Es una alabanza pícara o un dardo ofensivo? ¿Si hay que tener testigos, serán reales?

En tiempos de nuestros abuelos, en Semana Santa hasta los golpes y piropos se suspendían por la solemnidad de las fechas. Por eso, con ansias, grandes y chicos aguardaban la Pascua para expresar todo lo que se tragaron durante los días santos. Los padres para el estirón de orejas a los hijos, los compañeros para darse los golpes que se debían. De hecho, el saludo en las escuelas era una gran palmada. Era un acuerdo tácito colectivo.

El sentido del humor se ha perdido en muchos lugares y su carencia, dicen, es parte de la decadencia y la tristeza que envuelve a muchos europeos. En el Viejo Mundo casi nadie hace un chiste o lanza un piropo en las calles, nadie le mira a nadie. ¿Es esa la sociedad que nosotros queremos?

La Constitución Nacional, en su artículo 26, garantiza la libre expresión y la libertad de prensa, así como la difusión del pensamiento y de la opinión, sin censura alguna, y prohíbe dictar ley que las imposibilite o las restrinja.

Señor piropeador empedernido: aproveche ahora porque, en poco tiempo, lo que antes era un piropo puede pasar a ser un delito de connotación sexual o discriminación callejera castigado con pena de hasta 180 días multa, o con pena alternativa de trabajo comunitario de hasta nueve meses.

Los piropos son y deben seguir siendo parte de la vida. ¡Felices Pascuas!