Además de la escuela, están los cursos extras de deporte o arte. Padres haciendo sacrificios para que sus hijos tengan buena educación; y hoy preocupados por la infraestructura precaria de las escuelas públicas.
Pero pensar en la educación significa también acompañar desde el hogar. Tal como tratamos de cumplir cada punto que exige el colegio, hagamos lo mismo en casa, buscando comodidad y espacio para que los niños puedan estudiar. A veces las casas son pequeñas, pero con creatividad siempre se puede adecuar un lugar. En la mayoría de las casas paraguayas no existe un escritorio, biblioteca o rincón de estudio. No obstante, no necesitamos mucho, lo básico sería mesa y sillas (acorde al tamaño del niño), lápices, biromes y gomas en condiciones óptimas, un diccionario de la lengua española, una computadora –solo si es necesaria–, buena luz (preferiblemente natural) y mantener el silencio. Si no hay un cuarto disponible, en el jardín, corredor, bajo un árbol en días de buen clima se puede acondicionar un lugar. Ahora recuerdo que he visitado muchas mansiones donde hay de todo, menos un sitio preparado para estudiar con los niños.
Para que el niño logre concentrarse, los buenos hábitos de comer sano y dormir temprano son indispensables. Aprendamos tips para mantener un ambiente relajado y ameno durante el estudio (explicar sin gritos, golpes ni humillación). Consultar con un psicólogo o psicopedagogo no es imposible, ya que en el 50 % o más de los casos, la “clase con papá/mamá/hermanos mayores” acaba en un enfado o pelea, para finalmente arrojar al niño a que lo eduque la maestra.
En los momentos en que el niño no tiene que estudiar para la escuela, la educación está donde habita. Asegurémonos no solo de comprarles buena literatura, sino de que nosotros seamos su ejemplo de lector a seguir.
Ya que nadie defiende a la familia de la televisión basura y el vicio del celular, la misma familia debe emerger. Tiempos difíciles de falsa educación y consecuente éxito. No tenemos más elección que recuperar los valores fundamentales de la familia mediante el estudio y el estar presentes; incluso como adultos debemos ayudar a cualquier niño o adolescente abandonado. Hoy sufrimos en carne propia una sociedad llena de personas que no tuvieron quién les enseñe a pensar ni a sentir, a hacer los deberes si es que fueron a la escuela. Una cadena de ignorancias y ausencias dolorosas que desembocan en tristes y trágicas historias. Mejor lo dice esta sencilla y profunda frase del psiquiatra K. Menninger: “Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”.
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