Se dice que el hipócrita finge tener algo que no tiene, ser alguien que no es para agradar a los demás, en un gran tanto por ciento, con el fin de ser aceptado socialmente. Algunas veces las personas que se dicen sinceras se aíslan o se refugian en grupos homogéneos, es decir, donde todos piensan igual y reina cierta tranquilidad. “Si algo no soporto es la hipocresía”, es una frase comúnmente disparada, como una manera de reafirmar un perfil virtuoso.
Un par de preguntas rápidas sería si las personas con un millón de amigos (en las redes sociales) son hipócritas o hallaron en la no emisión de opinión alguna una suerte de asegurar su autoestima y fortalecer su ego.
No obstante, la hipocresía tiene toda una psicología, si bien para Freud era una insania, para Nietzsche una inmoralidad, hoy día algunos profesionales que se animan a acariciarla y definirla como una manera astuta de vivir, no hacer lo que digo pero sí predicarlo, es decir, que de alguna manera siembro algo positivo al decir lo que no hago. Y, aunque dudoso para la sinceridad, esta última descripción es la que se ajusta a la mayoría de los casos que conocemos. Óscar Wilde, un brillante jugador de conceptos y palabras, decía que el valor de la idea no tiene que ver con la sinceridad del hombre que la expone. Siguiendo con otras posturas, el lingüista y analista social Noam Chomsky afirma que la hipocresía es no aplicar en nosotros mismos los mismos valores que aplicamos en otros, y esta acción crea uno de los males centrales de nuestra sociedad, incluso llega a generar las peores guerras.
Todo este dilema en el ser humano por ser o no ser es inherente. Y en esta nuestra imperfección de cada día lo que dice Wilde es una buena vara para medirnos, cuánto queremos hacer lo que decimos o cuánto queremos decir lo que no hacemos.
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