¿La actividad intelectual no es un trabajo?

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El presidente Horacio Cartes, días pasados, durante un encuentro político en una seccional colorada dijo que “a los 60 años nadie empieza a trabajar”, en clara alusión a uno de los candidatos a intendente por Asunción, que siempre se dedicó a la comunicación. La desafortunada declaración del señor Cartes viene a demostrar que para algunos la tarea del periodista, locutor o comunicador no es trabajo. Ni siquiera si esa persona se destaca en su área y viene desempeñando ese rol desde hace tres o cuatro décadas. Para el diccionario, el trabajo es cualquier actividad física, mental o intelectual que requiere cierto esfuerzo y que lleva a un resultado. También, el trabajo es una tarea con la cual una persona se gana la vida y da de comer a sus hijos. El trabajo enaltece, dignifica y nos hace honrar la vida, sin robar a nuestro semejante.

Trabajo no es solamente cumplir un horario, desde las 7 de la mañana hasta las 12, sentado en una oficina, muchas veces, sin hacer nada. Sin aportar ningún beneficio. Mucha gente que ha formado la clientela política, incluyendo amigos, parientes, correligionarios, amantes y simpatizantes, ha llenado los cargos en las distintas reparticiones públicas, cobrando, sin hacer nada, puntualmente a fin de mes. En todos los gobiernos se ha denunciado a empleados que ganan sueldos escandalosos sin siquiera cumplir horarios. Muchos de ellos sin más méritos que ser del mismo partido, compadre, amigo o amante. Hasta hoy día, al recurrir a un estamento público, se pueden ver empleados o empleadas hablando por teléfono, chismentando, merendando, tomando tereré, comprando ropas o zapatos, mientras el ciudadano espera pacientemente que lo atiendan. Y es ese ciudadano, ignorado o maltratado, que con sus impuestos paga el sueldo a estos parásitos.

Hoy día el concepto de trabajo ha variado. Una persona puede estar trabajando con su computadora en su propia casa. Hay vendedores por las redes sociales y miles de individuos que ofrecen sus servicios online. De manera que no trabaja únicamente el albañil que hace la mezcla o el carpintero que fabrica muebles, ni el sepulturero que cava la tierra para enterrar al muerto. Trabajan los locutores, periodistas, escritores, guionistas y otros que usan su imaginación, talento y creatividad para elaborar y hacer cosas. Lo que pasa es que en el Paraguay la actividad intelectual no se valora. Sin embargo, ese profesional tuvo que leer muchos libros y adquirir una cultura general para hablar y escribir correctamente, sin asesinar el idioma.

Algunos políticos no solo atentan contra el lenguaje cuando se expresan. Son groseros y utilizan un vocablo obsceno y, a veces, sin contenido. Hablan por hablar, sin decir nada importante. Se aprenden de memoria los discursos que les preparan otras personas y hasta se equivocan en la lectura. Basta nomás escucharlos en las entrevistas que les hacen por radio o televisión, o durante las sesiones en el Parlamento. Por suerte, algunos solo alzan la mano y cierran la boca. Probablemente si la abrieran meterían la pata.

Sin embargo, un comunicador tiene la responsabilidad de informar, educar y formar opinión pública. No basta con tener una cierta preparación intelectual ni con una buena voz o una redacción aceptable. El comunicador sabe que tiene que pensar y cuidar lo que va a decir o escribir. Porque la opinión emitida o escrita no se puede borrar así nomás. El comunicador que busca la verdad sabe que su trabajo no es nada fácil. Casi siempre no cae bien a los personajes que están en el gobierno, porque muchos no soportan la verdad. Menos todavía cuando el periodista lucha contra la mentira, la hipocresía y la corrupción.

La actividad intelectual es un trabajo digno, que debe ser valorado. Más todavía, es una tarea meritoria y prestigiosa cuando busca el bien común, desenmascarando a los farsantes y eternos vividores de la politiquería barata.

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