La caza del ciervo

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Los partidos tradicionales han decidido salir a cazar ciervos. La ANR oficializó en la semana su intención de enjuiciar a cuatro ministros de la Corte Suprema de Justicia y al presidente del Tribunal Superior de Justicia Electoral. Por decisión en mayoría de su Comisión Ejecutiva, la ANR decidió propiciar el juicio político por mal desempeño de sus funciones a los ministros de la Corte Suprema de Justicia Miguel Bajac, Sindulfo Blanco, Víctor Núñez y César Garay, así como al miembro del Tribunal Superior de la Justicia Electoral, Alberto Ramírez Zambonini. Inmediatamente después, al día siguiente, el Directorio del PLRA resolvió ratificar su decisión anterior de enjuiciar al ministro Víctor Núñez y ampliarla, incluyendo ahora a los ministros Miguel Bajac, Sindulfo Blanco y César Garay. Todo indica que las decisiones fueron acordadas por las cúpulas partidarias, aunque sin la participación de sus bancadas parlamentarias.

La caza del ciervo, antes de convertirse en una estrategia política clásica, fue un relato. El punto de partida se encuentra en una obra de Jean Jacques Rousseau titulada: “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” y publicada en 1754. En ella, el filósofo compara la caza de la liebre con la caza del ciervo. Consideremos el siguiente pasaje de la obra donde se explica el punto: “He aquí cómo los hombres pudieron adquirir insensiblemente cierta idea ruda sobre los compromisos mutuos y sobre las ventajas de cumplirlos, pero solo en la medida en que podía exigirlo el interés presente y sensible; porque la previsión no significaba nada para ellos y lejos de ocuparse de un futuro lejano, no pensaban siquiera en el mañana. Si se trataba de tomar un ciervo, todos sabían que para ello debían quedarse fielmente en sus puestos; pero si una liebre acertaba a pasar cerca de uno de ellos, no se puede dudar de que la persiguiera sin escrúpulos y que, después de haberla alcanzado, le importara muy poco hacer errar la suya a sus compañeros”.

El relato original alude, obviamente, al intento de organizar la acción colectiva para la caza de ciertos animales comestibles en los bosques. El supuesto básico es que ningún individuo puede cazar un ciervo por sí mismo, pero cualquiera puede cazar una liebre. Si participan dos cazadores, se supone también que la mitad de un ciervo es mejor que una liebre entera. De allí que, para cada cazador, resulte preferible cooperar y obtener el gran bien colectivo que ir por su propia cuenta.

Sobre esa base, me inclino a creer que la decisión coordinada de la ANR y el PLRA de salir juntos a cazar ciervos supone, en virtud de las propias reglas de la estrategia adoptada, que las presas serán repartidas en partes iguales. Imagino que si cazan los cuatro ciervos que ambos partidos pretenden, cada uno se llevará dos, con las consecuencias políticas indeseables que ello supone. Sin embargo, no consigo imaginar todavía el impacto que tendrá la pretensión de la ANR de cazar un quinto ciervo sin la cooperación del PLRA. En cualquier caso, ante esta decisión política, releo inquieto a Rousseau, “porque la previsión no significaba nada para ellos y lejos de ocuparse de un futuro lejano, no pensaban siquiera en el mañana”.