Si bien la película podría pasar como regular entretenimiento, no sucede cuando hay interés por la cultura general, una de las deudas grandes que llevamos sin saldar. Cultura general es una adquisición inmaterial que se llevará hasta la muerte. La cultura general da confianza, seguridad personal y autentica nuestro conocimiento y desarrollo. Es posible vivir sin ella, pero se vive en el vacío; sobre todo cuando el esfuerzo es mucho mayor para estar mejor económicamente y poco y nada para dedicamos al estudio –sin examen, sin universidad, el que es para nosotros y nuestros hijos–.
Inconscientemente repetimos, aunque sea solo de fachada, el ideal griego sobre la formación integral del ser humano. Los hábitos que debemos inculcar a nuestros hijos desde pequeños: la buena lectura, ir al teatro, al cine, a los conciertos, al museo, mirar la naturaleza, aprender técnicas creativas forman parte de ese ideal.
La escuela, si bien puede incluir el incentivo y la enseñanza de ciertas artes en su currículum, no puede suplir lo que no aprendemos en el hogar. El niño que no escuchó jamás guitarra clásica, será el adulto que no ama porque no conoce. De hecho, a quienes primero les duele la película es a los músicos.
Tenemos que reconocer que nuestra historia guarda el exilio de los mejores maestros, desterrados por cuestiones políticas e ideológicas, dejando un país hueco de cultura general durante décadas. La corrupción trajo mucho dinero y levantó el nivel económico de miles; podemos apreciarlo en las mansiones y autos lujosos, colecciones de arte recomendadas por el decorador, como también lo sufrimos en la oratoria, la pobreza de los debates y discusiones, los modales, los valores.
Un ping pong improvisado sobre cultura general básica basta para conocer el nivel en el que estamos. Vivimos reporteando frases ajenas con la fantasía de que colaboramos al mejoramiento social, pero sin vivencia familiar, sin políticas educativas serias sobre el asunto no sirve.
Una persona escribía sobre el tema de la película y bien se preguntaba quién enmendaría el error histórico-cultural de una historia de ficción basada en el máximo exponente de la guitarra clásica paraguaya.
Antiguamente, los grandes imperios controlaban rigurosamente lo que el pueblo consumía (tal como pasa hoy, solo que entonces era para bien), fiscalizando desde la integridad del pan hasta la educación.
Escuchando una pieza de Agustín Barrios se me ocurrió indagar a un niño de 10 años, sin más brújula que su corazón, qué le parecía la música. El escuchó un minuto y dijo: “Suena como de otro planeta”. Así, en definitiva, sienten las almas puras y es cuando deben ser llenadas de excelsitud, virtud que los hará saber diferenciar inmediatamente el trigo de la mala hierba.
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