La falsa paternidad

Este artículo tiene 13 años de antigüedad

Entre las noticias de crímenes cometidos por hombres, tomando en cuenta la gran difusión que tienen, tomo las palabras del policía que mató a su exsuegro e hirió a una niña. Según las primeras noticias, el hombre (Jorge, 27) había baleado a esas personas y luego quiso autoeliminarse disparándose un tiro en el pecho. Pero sobrevivió y desde la cama del hospital expresó: “Cometieron la peor estafa que puede hacerse en la humanidad”. La maraña pasional se fue descubriendo. El motivo del crimen fue el engaño de paternidad por parte de la esposa, una adolescente de 17 años. El policía mandó hacer los estudios de ADN y constató que la niña no era su hija. Lo que enfureció al hombre fue la negación de la familia política a desistir de la demanda que llevaban por prestación de alimentos. Este caso de infidelidad acabó de la peor manera, con un homicidio y una criatura herida, la más frágil y desprotegida de toda esta historia.

Estos son los casos que deberíamos analizar para que no vuelvan a ocurrir o, al menos, aminorarlos.
Estamos en un momento en que la ideología de género avanza e identifica la agresión con el sexo masculino. La base de su ley reduce al varón como un asesino en potencia, y casos como el de este desgraciado policía sirven de sustento. Pero en la pareja hay que ver las dos caras de la violencia. Navegando en Internet pueden leerse exaltadas opiniones de grupos feministas (o, como las llaman popularmente en España, “feminazis”, por considerar que instalaron el derecho penal de autor, en este caso, discriminan por ser hombre) que hablan sobre la “misión de exterminar el machismo”, “extirpar de raíz la violencia del hombre”.

En nuestra sociedad el tema mujer es muy rico en la historia sudamericana. Pero lejos de las idealizaciones, tal como se recuerda a las mujeres heroicas, también anida el mito de que aquella valentía perdura hasta hoy en todas. En mis entrevistas y charlas informales, escucho a mujeres valientes, madres que hacen malabarismos para mantener el hogar, lidiando no solo con la peor violencia, la de la desigualdad económica, sino con las enfermedades del esposo o hijos a quienes aman. Pero también escucho voces de mujeres, sobre todo de mediana edad, ciegas por un fanatismo que declina en contradictorias prédicas de liberación.

El policía que mató, dijo: “Fui estafado”. Cuando un hombre descubre que su hijo no era su hijo, difícilmente lo tome con calmo diálogo. Según parece, la familia de la chica fue la que la indujo a no retirar la demanda por prestación de alimentos.

Con la misma vara que la sociedad condena a los hombres que abandonan a sus hijos, debería de medirse a aquellas mujeres que, escudadas bajo la creencia social de la indefensión, atribuyen paternidades falsas a sus parejas. La verdad, bien dicha en su momento y forma, no es fácil de asimilar, pero evitaría muertes. En nuestro país, mentir sobre la paternidad no es un delito; no sé si lo es en otros países.

Recuerdo una noticia que narraba: “Un hombre 80 años le retiró su apellido a una mujer pelirroja porque dijo que hace rato tenía la sospecha de que ella no era su hija. Se parecía a un amigo suyo, que en otros tiempos visitaba su casa, y era pelirrojo”. Lo que para el mundo era un chiste, para aquel hombre mayor habrá sido, tal vez, la necesidad de ordenar un viejo dolor.

En la cultura occidental predomina una espontánea identificación con la mujer, más si está embarazada: “Si ella dice que el hijo es tuyo, lo es”.

Es necesario plantear una educación adecuada tanto para varones como mujeres en cuanto al respeto que ambos se merecen como seres independientes que se complementan y atraen sexualmente.

Fomentar el silencio, la mentira, la deshonestidad, la “avivada” como salida de supervivencia es sembrar más crímenes. En la historia social de los sexos, no existen más monstruos que aquellos a los que se alimenta.

lperalta@abc.com.py