La historia del raudal

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Entre las siete colinas y los 54 arroyos, históricamente Asunción ha sido la ciudad de los raudales. Desde los primeros tiempos de la colonia, el trayecto que seguía el agua de lluvia hacia el río era el que trazaba las primeras callejuelas.

La ciudad estaba entretejida por una red de zanjas y huellas que dejaba el agua y que luego se fue convirtiendo en el camino de los vecinos, las burreras y las carretas.

En sus investigaciones, Margarita Durán Estragó ha rescatado lo que relata el padre Amancio González que, según cuenta, “puso todo de sí para contener los raudales que corrían por el lugar abriendo profundos barrancos”.

Dice la historiadora que el religioso, en una nota firmada con mano temblorosa a causa de su vejez y achaques, en 1805, detalla: “La profunda zanja había interceptado todo el sitio de la calle costándome desde la edad de cincuenta y cinco años cuasi toda mi sustancia en tales reparos continuos y refacciones imponderables. Nada pude remediar sobre tanta profundidad y violencia de raudales hasta que en el año de 1798 hice esfuerzo de cerrar con cantería de piedra el insujetable raudal, yo solo, sin auxilio de un pariente, ni un amigo, como lo testifica el presente día y lo que es más, ni el Ilustre Cabildo, ni sus Procuradores que pudieron ayudarme en lo justo”.

Esto corrobora la hipótesis de que los primeros vestigios de la Costanera de Asunción surgieron para hacer frente a los embates de las copiosas lluvias y correntadas que bajaban desde sus colinas y convertían las calles en profundas acequias arrastrando todo lo que encontraban a su paso. Como un mecanismo contra la erosión, los jesuitas levantaron hacia 1760 uno de los primeros murallones del barranco.

Durante el gobierno de Carlos A. López se construyeron las primeras ramblas para desagüe de la correntada pluvial hacia el río. Acompañaban a los muros que se hicieron en las adyacencias del Cabildo.

El escenario es diferente. Pero la historia se repite con cada lluvia que azota a la ciudad en esta temporada del año. Ahora que el asfalto y los cursos taponados ya no permiten una rápida evacuación de la corriente, los automóviles flotan como si fueran juguetes en una laguna. Habría que contratar un servicio especial de lanchas para afrontar los días tormentosos.

La red de desagüe pluvial solo cubre el 20% del territorio de la “Madre de Ciudades”. Todos los intendentes –incluyendo a Arnaldo Samaniego– repiten siempre que la ciudad no está preparada para una lluvia que supere los 100 milímetros.

Se estima que Asunción podría tener una cobertura total en 30 años de obras continuas en la red pluvial y con una inversión de 120 millones de dólares.

El cambio climático agrava los desastres. Pero además todo esto tiene que ver con la mano y mente del hombre –gobernantes y gobernados– que no tiene en cuenta la topografía a la hora de construir y diseñar la ciudad. Se taponan y desvían los arroyos y las casuchas invaden el lecho por donde debería correr el agua de lluvia. La naturaleza nos seguirá pasando la factura con fuerza en Asunción porque los años de desidia e inacción convierten las calles en verdaderas cataratas.

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