La pesca de la corvina y la celebración de la vida

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El 22 de diciembre pasado, estaba durmiendo plácidamente en la casa de un amigo a orillas del río Tebicuary, después de una maravillosa pesca el día anterior. Justo había terminado la veda y comenzaba la temporada de pesca. Muy temprano a la madrugada, me desperté después de haber estado soñando que estaba en el Brasil, un maravilloso restaurante en donde no solamente la cena era única, sino también el trato tan especial de la gente que me atendía. Indudablemente, ese momento se convertía en mis sueños en un hecho memorable. Pero de repente desperté y solo escuchaba el ruido del ventilador de mi habitación en la oscuridad. Eran las cuatro de la madrugada cuando mis pensamientos me dieron a entender que mi sueño no era otra cosa sino una manera en que mi cerebro me ayudaba a entender que la vida era como un ciclo que se repite a través de la historia de manera interminable y que estaba unida por eslabones de hechos significativos de los que nos nutrimos a través del tiempo; muchas veces con otros seres humanos o con otros seres vivientes.

La apertura de la temporada de pesca y el encuentro con esa primera corvina tenía un significado especial del que no me había percatado antes. Para mí ya era un ritual, y no me di cuenta de que acudía al lugar exacto y en el momento propicio todos los años, y los peces también lo hacían. Ellos tuvieron que remontar el río Tebicuary, aguas arriba desde el río Paraguay, buscando el lugar adecuado para desovar. Así lo hicieron sus antepasados y lo harán también sus descendientes. Sin embargo, llegar hasta ese lugar es cada vez más difícil porque el curso del río está lleno de peligros, con redes de espera mucho más finas, las líneas de espineles están cada cien metros y las desviaciones del curso del río ya no son solo obras de la naturaleza, sino fueron hechas por el hombre y confunden al instinto y hasta ponen en peligro el ciclo de la vida de los peces. Algunos, después de desovar en los lugares favoritos, serán cuidados por los machos para escoltarlas de vuelta aguas abajo, pero para otras, el ciclo de la vida ya se habrá cumplido y no retornarán a los lugares de partida, pero dejarán que sus descendientes lo realicen.

Es por eso que el término de la veda y el comienzo de la temporada de pesca en el Paraguay tienen un significado especial también para los seres humanos. Es como una celebración de la vida. La pesca en sí es un encuentro de momentos inolvidables con el compañero de pesca, con amigos de toda la vida y con nuestros propios descendientes. Si lo hacemos respetando la naturaleza, los peces volverán al mismo lugar cada año, y cuando nosotros ya no podamos recurrir a ese encuentro en los mismos lugares, serán nuestros hijos, nuestros amigos, o los hijos de nuestros amigos quienes lo harán como un ritual interminable. Para eso debemos respetar el ciclo de la vida de los peces y seguir celebrando esos encuentros, que son parte de nuestras vidas.

No destruyamos el hábitat de nuestros peces de tal manera que este ciclo se repita una y otra vez en la historia y en el tiempo, perpetuando así nuestra propia existencia.

* Médico Especialista Diplomado del Consejo Americano de Psiquiatría y Neurología.

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