Hemos constatado en varias ocasiones que cuando se realizan concentraciones políticas multitudinarias, viene mucha gente que no tiene la menor idea del motivo del encuentro popular. En más de un noticiero, aparecen personas marchando con alguna bandera o pancarta en las manos y que, cuando son indagadas por la prensa sobre la causa de la movilización, se muestran sorprendidas y no saben qué contestar. Están ahí, formando parte de una manada, pero no conocen el porqué de su presencia en el lugar.
Estas ovejas perdidas en un gran rebaño suelen abundar, sobre todo, en las concentraciones de los partidos políticos, en épocas de campaña electoral, pero el fenómeno también está presente en manifestaciones imponentes de organizaciones sociales, sindicales y campesinas.
¿Cuál es el problema de que haya gente manifestándose sin saber por qué? ¿Acaso alguien sale perjudicado porque muchas personas vienen del interior a la capital a reclamar o proclamar algo? Nadie las obligó, subieron a los colectivos por su propia voluntad.
El problema está en que existen líderes políticos, dirigentes sindicales, cabezas de organizaciones sociales, pastores religiosos o ideológicos que sacan provecho de las manifestaciones masivas. No meten la mano en el bolsillo de los pobres, pero las multitudes tienen voz y voto como para inclinar la balanza en decisiones importantes en donde sí están en juego grandes cantidades de dinero del presupuesto general de la nación.
Entonces, traer muchos pobres de los barrios marginales y de los asentamientos campesinos para crear caos frente a los ministerios del Poder Ejecutivo o frente al Congreso, eso sí puede ser un negocio cuando la presión de los manifestantes logra sacar una tajada a los fondos de Hacienda por el motivo que fuere.
Las necesidades materiales, la ignorancia, la autocompasión y la esperanza de acceder alguna vez a un mejor nivel de vida constituyen los pilares sobre los cuales se asienta la explotación de los pobres como elementos para obtener recursos económicos del Estado. En este sentido, la pobreza es un negocio porque si esos pobres no existieran, no habría aportes públicos para la élite de dirigentes que supuestamente canalizan la ayuda a los más necesitados.
Claro que la generalización es injusta; hay personas muy meritorias y dignas de destacar por la gran labor que realizan en favor de los niños de la calle, de los menores hambrientos, de los indigentes desamparados, de las niñas embarazadas, de las mujeres maltratadas, de los abuelos abandonados, etc. Quienes realizan estas tareas solidarias merecen apoyo y respeto.
El repudio va hacia quienes se aprovechan de las necesidades de la gente pobre para obtener réditos políticos y económicos, ¡sinvergüenzas y delincuentes enmascarados como salvadores de la patria!